Isabel I, la Reina Virgen, marcó el destino de las Islas Británicas

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Esa Inglaterra arrasada por el conflicto religioso fue la que, en 1558, heredó finalmente la hija de Enrique VIII y Ana Bolena. Isabel I hizo enseguida pública su fe protestante, pero también procuró mantenerse alejada de los excesos de sus antecesores y hacer de la fe una cuestión privada, lo que dio lugar a una mayor tolerancia en este terreno.

La gran peculiaridad de su reinado fue que, en contraste con la exuberancia amorosa de su padre, mostró muy poco interés por el matrimonio. Esto, además de insólito, fue un motivo de inquietud, ya que la primera obligación de una reina era producir un heredero. Su renuncia, no obstante, es explicable. Con dos años y medio, Isabel vio cómo su padre le hacía cortar la cabeza a su madre, operación que repitió tiempo después con otra de sus esposas.

En la adolescencia, sufrió el acoso sexual del cortesano Thomas Seymour y, durante el reinado de María I, asistió a los desplantes de Felipe de España a su medio hermana. Si quería mantenerse independiente, ejercer el poder y no someterse al control de nadie, parecía bastante más seguro casarse con Inglaterra, como declaró en una ocasión.

Esto no significa que no se sintiera atraída por los hombres. Isabel I tuvo varios favoritos que, si no llegaron a convertirse en amantes, realmente lo parecían. Robert Dudley, conde de Leicester, apodado “el dulce Robin”, ocupó seguramente el lugar más importante en su vida. Su posición en la Corte produjo considerable escándalo (tenían habitaciones contiguas y se citaban por las noches).

Dudley estaba casado con una mujer muy enferma y se daba por sentado que ambos estaban esperando a que ésta muriera para formalizar su unión. Pero el fin de Amy Dudley se produjo de un modo que frustró cualquier posibilidad: un día apareció al pie de unas escaleras con el cuello roto, lo cual desató todo tipo de sospechas y acusaciones y obligó a la reina a alejar a su amado de la Corte.

Ya con 46 años, Isabel volvió a considerar la posibilidad de casarse, esta vez con el duque de Anjou, que era católico, francés y tenía sólo veinticuatro años. En este caso, fue la religión y nacionalidad del candidato lo que desató la oposición, de modo que Isabel hubo de renunciar a un hombre del que, según parece, llegó a estar enamorada.

El último de sus favoritos fue Robert Devereux, conde de Essex, joven petulante y consentido al que una reina ya en su ocaso toleró comportamientos que habrían enviado a cualquier otro al patíbulo. Ese fue, no obstante, su destino. En 1600 Essex, que se sentía despechado, intentó una rebelión contra Isabel I que le llevó a inclinar también la cabeza ante el verdugo.

Tudor al fin, Isabel tuvo que lidiar con los desafíos a su legitimidad y la posibilidad de la traición. El mayor problema se le presentó con su prima María Estuardo, reina de los escoceses, católica y, como ella, biznieta del primer Tudor, Enrique VII, lo que para muchos le daba perfecto derecho al trono de Inglaterra y la convertía además en un símbolo de la resistencia católica.

Pese a que nunca se conocieron, hubo una especie de rivalidad personal entre ambas, que eran mujeres muy inteligentes, extraordinariamente cultivadas y, cosa rara en la época, situadas en la cúspide del poder.

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