Una estrella es todo aquél objeto astronómico que brilla con luz propia, aunque en términos más técnicos y precisos podría decirse que se trata de una esfera de plasma que mantiene su forma gracias a un equilibrio hidrostático de fuerzas que se produce esencialmente entre la fuerza de gravedad, que empuja la materia hacia el centro de la estrella, y la presión que ejerce el plasma hacia fuera, que, tal como sucede en un gas, tiende a expandirlo.

La composición química de una estrella varía según la generación a la que pertenezca; cuanto más antigua sea más baja será su metalicidad, a lo cual al inicio de su vida una estrella similar al Sol contiene aproximadamente 75 % de hidrógeno y 23 % de helio.

Si observas el cielo en una noche despejada, podrás ver cómo infinidad de estrellas llenan el firmamento, y si te fijas más, verás la forma en la que unos parecen parpadear y otros no. A esto se le conoce como “titilar” pero ¿a qué es debido esto? En primer lugar debemos decir que las estrellas son las únicas que titilan, mientras que los planetas permanecen como puntos fijos en la bóveda celeste.

La razón por la que vemos parpadear a las primeras es debido a la distorsión que nuestra atmósfera produce sobre los rayos luminosos que nos llegan de ellas; a medida que la luz de una estrella, que es en realidad una emisión de radiación, va atravesando cada una de las capas de la atmósfera terrestre, se va refractando y cambiando de dirección, puesto que cada una de ellas tiene turbulencias, temperatura y una densidad diferente, motivo por el cual parece que titila.

Por tanto, las estrellas vistas desde el espacio no titilan, sino que la causante de que las veamos así es la atmósfera. En teoría deberían verse como puntos de luz sin otra forma, pues se encuentran muy lejos de nuestro planeta, pero los efectos ópticos tanto del ojo humano como de telescopios, transforman su forma y hace que las veamos como pequeñas manchas de luz; además, dada la dinámica de la atmósfera por su composición de gases y el cambio de densidad en sus distintas capas, hace que la luz que la traspasa se modifique.

Realmente, nuestros ojos perciben un haz que cambia continua y rápidamente de posición en el cielo y por eso nos da la sensación de brillo continuo. Esto es un quebradero de cabeza para los astrónomos porque este efecto distorsionador de la atmósfera afecta a las observaciones de objetos astronómicos; por eso el telescopio espacial Hubble se situó en el espacio.

En cuanto a los planetas del Sistema Solar, aparecen como puntos más grandes y no centellean, porque al estar más cercanos a nosotros, presentan una superficie y un haz mucho mayor que no se ve afectado por estas perturbaciones; que la imagen que se forma en la retina es más bien un círculo, una de las formas en que podemos identificar en el firmamento si un cuerpo es una estrella o si es un planeta.

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