Ví, llegué, estuve ahí y ¡Dios!: se me olvidó otra vez tomar fotos. Por José Luis Morales 

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Un día me dijo Jacobo Zabludovsky: “Si no hay foto no estuviste ahí”.

Y durante años acepté religiosamente su opinión, pero en los sismos del 85 decidí ser voluntario en vez de periodista, y acudí a ayudar como otros, frente a la magnitud de los hechos.

Entonces tenía una cámara Canon que llevé conmigo para consignar los hechos de interés, pero a la hora de estar ahí, parado frente a los edificios colapasados del Hospital General y el de Juárez, como integrante de una brigada de expertos en construcciones, algo en el fondo de mi corazón se rompió, me contuvo y no pude apretar ni una sola vez el disparador de mi cámara.

No tuve el valor de tomar ninguna placa de aquello que estaba viendo y que mis ojos no podían creer: una especie de sándwiches aplastados por una poderosa mano, con camas, sábanas y cadáveres expulsados y a punto de caer al vacío, y un silencio sepulcral entornando todo.

Por tal razón, no tengo ninguna foto del ese suceso que me marcó mi vida para siempre, pero créanme, vi, llegué, estuve ahí, y conservo en mi mente el recuerdo imborrable de aquellos días infernales, que me siguen quemando los ojos con su fuego.

Igualmente ahora, 32 años después,  acudí en ayuda de la gente con el mismo fervor que en el 85, pero esta vez sin cámara ni charola de periodista para acreditar mi presencia ahí; sólo impulsado por un objetivo: llevar un poco de agua al barrio de San Gregorio, en Xochimilco, donde se derrumbaron montones de humildes casas y pequeños negocios, y donde la carencia de agua sigue siendo la mayor necesidad, que ya de ordinario escasea por aquellos rumbos de Xochimilco.

Y me duele tal vez no poder regresar, a tan sólo 3 días del desastre.

Me caí de una moto al tratar de atravesar una calle lodosa; nada grave espero, pero me imposibilitará para caminar durante unas semanas o quizás meses, depende de lo que diga el doctor ahora que le lleve mis radiografías, que fueron las únicas placas que me tomé y eso de un tobillo.

Básicamente porque, siendo sinceros, las hoy llamadas “selfies” nunca me han gustado. A diario veo a gente celular o cámara en mano tomarse una y otra foto con singular alegría, en todo lugar y a la menor provocación.

Los sismos de ahora han catapultado esa desagradable afición: miles de personas recorren como jaurías los puntos de desastre, más que con la intención de ayudar, con la idea de tomar y tomarse algunas fotos o videos para subirlas a su Facebook o a Instagram, como testimonio irrebatible de que estuvieron ahí presentes y, en una de esas, una se convierta convertir en viral.

No me parece negativo, muchos testimonios en video de estos improvisados reporteros, adoradores de su propio narcisismo, han documentado mejor que muchos medios profesionales la magnitud y profundidad del problema que estamos viviendo.

Pero me pregunto: ¿les servirá de algo más que agregar una nueva imagen a su ya repleto auto museo fotográfico?, ¿vieron realmente con sus ojos lo que tenían frente a sí o sólo a través de sus celulares que no abandonan ni un segundo?

Lo dudo, pero tienen fotos, miles de fotos, mientras yo, por segunda vez, ni una sola que dé credibilidad a mi afirmación de que estuve ahí, a unos metros de los derrumbes del 85, y los de la misma fecha aciaga, años después.

Sin embargo, maestro Zabludovsky, donde quiera que esté usted, ¿sabe?, no me importa, porque llevo grabadas en el alma las imágenes del dolor, la pena y la impotencia de tanta gente que perdió la vida, sus casas o sus bienes; el trabajo y la fatiga de tantos héroes voluntarios arriesgando el pellejo tratando de rescatar a alguien que ni conocen; y de mucha más gente llevando como ayuda lo que puede.

He llorado como niño al que quitan un helado frente a la furia enconada de la naturaleza que no perdona nunca, como dice un letrero a la entrada de un soterrado pueblo michoacano: “Dios perdona siempre; el ser humano, algunas veces; la naturaleza, nunca”.

Cero fotos, cero selfies con un viejo iPhone parece tonto y hasta ridículo para un periodista profesional, aunque no para mí, que llevo muchos años en este oficio: quizás por respeto a las víctimas, quizá por una ética trasnochada, tal vez por simple decidía, no sé, o porque aborrezco auto fotografiarme no he tomado ni una foto de mí ni de nada para no perder detalle ni por un segundo de la tristísima realidad que estamos viviendo.

Aunque tal vez sólo sea por el egoísta afán se sentirme vivo en medio de tantas muertes y desgracias. Igual quizás que quien se hace una selfie o se tira una fotito aquí y allá para que la familia y los amigos vean en donde estuvo, pero por otros medios e intenciones que los míos, porque yo tengo un solo público: yo.

Lo siento, Jacobo, fui, llegué y estuve ahí, pero no tengo ni una pinche foto, por tanto para usted, no estuve en el lugar de los hechos, y sin embargo, quiero decirle en mi defensa que me siento muy bien, más vivo que nunca, porque existo y logré sobrevivir a dos brutales ataques de la naturaleza que no perdonó a mucha gente; por esa razón y otras que ni yo entiendo, decidí abstenerme de tomar fotos.

¿Craso error? Para usted, seguro que sí; para mí, no: hice lo que debía hacer según los dictados de mi corazón. O por simple aferramiento a llevar la contra, como siempre.

@nuevoslibros y otros textos 

Acerca del autor

José L. Morales

Lector de toda su vida, fue responsable de las secciones “Mundo de las Letras” en “Monitor” con José Gutiérrez Vivó y en el espacio de Janet Arceo en Radio Fórmula. Actualmente es académico universitario, conferencista, colaborador del espacio radiofónico “Reporte 98.5” en la primera emisión con Martín Espinosa y en el espacio sabatino con Antonio Valerio, así como director de aprendamosjuntos.com.

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