La sociedad de escándalo: Caso Hollande-Gayet Por: Estela Livera

0

Uno de los fines por los que existe un Estado democrático es para salvaguardar los derechos fundamentales de sus ciudadanos y concretamente para el tema que nos ocupa me referiré  a dos pilares básicos de los derechos del hombre: la libertad de expresión y el derecho a la privacidad.  Ambos temas directamente relacionados con la comunicación y el periodismo han sido ampliamente debatidos desde principios del siglo pasado en todo el mundo y aún ahora siguen siendo temas controvertidos.

De acuerdo a la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, la vida privada es protegida por el artículo 12:

Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.

Pero los casos donde esa ley se ha aplicado han sido pocos, al menos en lo que a jefes de Estado se refiere. Los casos divulgados en los medios de comunicación abundan: desde el affaire John F. Kennedy-Marilyn Monroe, al Clinton-Lewinsky o los del magnate y político italiano Silvio Berlusconi con una menor de edad, hasta los amores del fallecido presidente venezolano Hugo Chávez con al menos siete mujeres incluida la madre de sus hijas.  Cito solamente a los jefes de Estado –sin entrar todavía al caso de México-, porque abundan también los casos de congresistas, políticos, funcionarios públicos candidatos que se han visto obligados a  renunciar a sus cargos como consecuencia de los escándalos mediáticos.

El ejemplo más reciente a nivel mundial ocurrió el pasado viernes 10 de enero, cuando la revista francesa sensacionalista Closer  publicó tanto en su edición digital como impresa, fotografías que presuntamente muestran al presidente Francoise Hollande cuando sale de un departamento ubicado a doscientos metros del Palacio del Elíseo donde vive la actriz Julie Gayet, con quien, según la publicación mantiene una relación amorosa desde hace un año.

Si bien Hollande no está casado, vive en la casa presidencial con su pareja oficial Valérie Trierwéiler por lo que tras la revelación se desencadenó un circo mediático no solamente en Francia sino en todo el mundo. En cuanto se divulgaron las fotografías, el Presidente Hollande pidió respeto a su vida privada y el miércoles 15 de diciembre en una conferencia de prensa con cerca de 700 periodistas para abordar temas muy importantes para su país, -como el recorte de 50 mil millones de euros al gasto público- su presunto affaire con Gayet ocupó espacios importantes no solamente en la prensa sensacionalista sino incluso en medios considerados como Le Figaro, Le Monde y Libération, entre otros.

Lo importante sin embargo, es que este caso vuelve a poner en el centro de la discusión el debate entre libertad de expresión y el derecho a la privacidad.  Hollande   -quien hace 18 meses asumió la jefatura del Estado francés- se declaró indignado por la intromisión de Closer en su vida privada y afirmó según la nota de un diario de Cataluña:

 Todos atravesamos pruebas en la vida personal. Es un momento doloroso, pero tengo un principio: los asuntos privados deben tratarse en privado. Me retengo de perseguir judicialmente a la publicación porque yo estoy protegido por la inmunidad y no se me puede atacar”, ha añadido tras precisar que ejerce su función “plenamente” y reclamar el derecho a la protección de su vida privada.” [1]

Sin duda, Hollande vuelve a poner el dedo en la llaga: ¿cuáles son los límites a la publicación de la vida privada de cualquier personaje?  En teoría debería ser el interés y la utilidad pública. ¿Los amoríos de un Presidente son de utilidad pública?  Ni de utilidad ni de interés público. Hay quienes argumentan que cuando un personaje es público y tiene una responsabilidad social, su vida privada ya es pública. Otra corriente sostiene que es una transgresión de la prensa a un derecho humano.

En diversos libros, ensayos y conferencias, el prestigiado periodista francés Ignacio Ramonet ex director de Le Monde Diplomatique ha insistido en que se ha desvirtuado el espíritu del periodismo y que hoy por hoy,  se publica lo que más vende, lo más sexy en aras de hacer funcionar el circuito del negocio en los medios de comunicación porque de acuerdo a la escuela americana, el periodismo es una empresa.

En coincidencia, otro destacado periodista francés, Jean Daniel, fundador de la acreditada revista cultural Le Nouvel Observateur y Premio Príncipe de Asturias, considera que el periodismo es un equilibrio entre la imagen y la rentabilidad del periódico. Sobre el tema de la privacidad y la misión periodística, Daniel -galardonado como el mejor periodista francés en 1978-, piensa que la capacidad del periodista para hacer el mal es devastadora. Su diálogo con Juan Cruz de El País, es lapidario:

 P. Esa simultaneidad afecta también a la vida privada, otra de sus preocupaciones. Dice usted que la amenaza a la vida privada es el peor defecto del periodismo actual.

 R. Somos muchos los que pensamos eso; hay mucha gente que piensa que la transparencia es algo muy importante, y que si la vida pública se ha mezclado con la vida privada el lector tiene derecho a conocer ésta. Es una postura, y no es la mía en absoluto. Pero hay gente de alto nivel que piensa eso. Piensan que si Berlusconi mezcla su vida pública con sus intereses privados tenemos derecho a conocer detalles de esos hechos. Hay gente que no es deshonesta que piensa eso. Y eso nos puede llevar muy lejos.

 P. Por eso dice usted que el periodista tiene un poder injusto.

 R. Naturalmente, muy a menudo es así. La capacidad de hacer el mal que tiene el periodista es devastadora. En un día o en una hora se puede deshacer una reputación, se puede transformar a alguien que tiene fama de ser honesto en un terrible malhechor. Es un poder terrible.

 P. ¿Y cómo se puede limitar ese poder sin llegar a la censura?

 R. Es una apreciación difícil que depende en primer lugar del director de Redacción, del redactor jefe, del jefe de departamento, de la forma como se concibe el periódico. Esto pasa de paredes para adentro, no hace falta una ley para eso. .[2]

Tanto Ramonet como Daniel insisten en las buenas prácticas en los medios de comunicación y coinciden en que lo único que puede salvar al periodismo es la autorregulación.  Ambos periodistas franceses, con certeza, rechazan el caso Hollande-Gayet y el tono en el que se ha difundido.

Podría argumentarse que esa nota tuvo su origen en la llamada prensa del corazón o sensacionalista. El problema es que los medios “serios” en todo el mundo, incluida la BBC, CNN, El País o diarios mexicanos como Reforma o El Universal hayan replicado la información que incluso se amplificó en redes sociales. El escándalo y el espectáculo, venden pues. Ahí no hay seriedad, ni ética ni compromiso que valga.

Tal reacción de la prensa mundial no sorprende si pensamos en la tesis sostenida por Guy Debord  de que en la sociedad actual la vida ha dejado de ser vivida para solo ser representada y en la que el hombre es solamente un espectador enajenado socialmente por un espectáculo. En ese contexto es posible reafirmar la teoría del Premio Nobel de Literatura y también periodista, Mario Vargas Llosa, de que vivimos en la civilización del espectáculo:

 La frenética busca del escándalo y la chismografía barata que se encarniza con los políticos ha tenido como secuela en muchas democracias que lo que mejor conozca de ellos el gran público sea sólo lo peor que pueden exhibir. Y aquello que exhiben es por lo general, el mismo penoso quehacer en que nuestra civilización ha convertido todo lo que toca: una comedia de fantoches capaces de valerse de las peores artimañas para ganarse el favor de un público ávido de diversión. [3]

HIPÓTESIS: AFFAIRE PEÑA NIETO

La prensa francesa es muy diferente a la prensa mexicana. Es más liberal, respeta el derecho de réplica y si bien es cierto que los diarios y los medios audiovisuales de ese país amplificaron el escándalo Hollande-Gayet, lo hicieron con un lenguaje menos burdo que Closer pero al final violentaron, todos,  el derecho a la privacidad del Presidente porque publicaron la información, le dieron seguimiento hasta que El Elíseo difundió que el Presidente se separaría de Valerie Trierwéiler.

Hasta donde se sabe, el jefe de Estado no sugirió u ordenó a los medios franceses omitir la información aunque ha advertido que podría demandar a la revista, por lo que se ha publicado se puede inferir que no existieron presiones para desaparecer el tema de los medios de comunicación.

Eso no ocurriría exactamente igual en México aunque es claro que nuestra prensa sin duda está en sintonía con la prensa global, ávida de escándalos que vendan y generen rating.  Bajo el supuesto de que la revista mexicana Quién publicara fotos donde el Presidente Enrique Peña Nieto saliera en motocicleta de la casa de una actriz famosa con la que presuntamente sostendría un romance, la llamada de Los Pinos no tardaría en llegar a las redacciones de los principales medios de comunicación.  El duopolio televisivo, el Canal 28,  Uno TV –de Carlos Slim-, Milenio, Crónica, Excélsior o El Universal,  los grupos radiofónicos como Radio Centro, Grupo Fórmula, etcétera , al viejo estilo de “acordar” con Los Pinos no publicaría nada sobre el tema. Algunos de éstos y otros medios matizarían la información, otros la enviarían a interiores o la divulgarían “entre líneas” en programas o secciones de espectáculos.

Lo que es seguro, es que el escándalo no podría contenerse,  por un lado –y esto es fundamental- porque hoy hay un cambio de paradigma, una revolución como asevera Ramonet: existen las redes sociales, los blogs, el mundo digital que operan como medios alternativos a los tradicionales y que amplifican la difusión de una información.

Pese a los controles gubernamentales y a la autocensura de los propios medios, es un hecho que en México si se difundiría el hipotético affaire de Peña –como ha ocurrido como el joven que insultó a Peña Nieto en un evento o el caso Lady Profeco– . Por otro lado, porque al final del día si existen medios que pese a la interacción, sugerencias, peticiones o acuerdos del poder político con los dueños de los medios –grupos mediáticos o conglomerados- si difundirían la información con un lenguaje cuidadoso:

La situación de las sociedades de redactores (cuyo objetivo es garantizar la independencia de la redacción frente a las presiones de los propietarios o accionistas) ilustra asimismo el crepúsculo que viven las redacciones. Ante la situación actual de crisis, algunos han ido poco a poco recobrando fuerzas para defender su oficio. [4]

En otros ejemplos, está probado que el lenguaje, lejos de ser cuidadoso, incluso es burdo, si recordamos el casos de Carmen Aristegui de MVS que difundió literalmente un rumor –jamás un hecho probado- basado en una declaración de Gerardo Fernández Noroña sobre el presunto alcoholismo del ex presidente Felipe Calderón o bien la entrevista que la misma conductora –cuyo perfil es anti establishment- realizó a una de las mujeres con las que el ex presidente de la Suprema Corte de Justicia sostuvo una relación extramarital así como las entrevistas a Maritza Díaz, madre de un hijo que Peña Nieto tuvo fuera del matrimonio o con la ex esposa de Arturo Montiel, Maude Versini, tema este último al que la revista Proceso ha dado seguimiento.

El escándalo vende y deja rating de manera global. No es la primera vez que sin tratarse de jefes de Estado, diarios como Reforma publican la vida privada de personajes como el ex gobernador Arturo Montiel fotografiado en 2005 en una casa de playa  “aparentemente propiedad de la familia” (sic) con su ex esposa Maude Versini en tanga.

Estos casos son claramente una invasión a la privacidad. Han pasado los años y la pregunta es ¿fueron de utilidad pública? Reforma sostiene que sí. Diferentes expertos que abordan la urgencia de repensar y rescatar el sentido del periodismo insisten en los límites de invadir el derecho a la privacidad.

Ures y Parselis  subrayan la importancia de respetar estándares éticos profesionales y entre otras cosas aluden al tema de la privacidad en los siguientes términos:

El último punto alude al respeto por la dignidad de las personas que se concretiza en el derecho a la vida íntima –con la excepción de los funcionarios y personajes públicos y en la medida en la que los detalles sobre su vida privada sean fundamentales en el contexto global de la noticia- y en evitar el daño a la fama o al descrédito a causa de afirmaciones sin base suficiente.[5]

¿Y quién determina dichos límites al respeto a la dignidad humana? El periodista, el editor, el director.  Gabriel Galdón López, Doctor en Ciencias de la Información reflexiona sobre el tema:

 En noveno lugar es un elemento básico de la prudencia, que el Periodismo debería tener mucho más en cuenta, la previsión de las consecuencias personales y sociales de las informaciones, tanto individualmente como en su conjunto. Hay muchas cosas que, aún siendo verdad, pueden dañar a las personas y a la entera sociedad. Y, por tanto, cuando debieran ser comunicadas hay que poseer delicadeza y finura de un buen cirujano para enfocarlas con la mirada y la perspectiva adecuadas. La mirada que se fija o enfatiza una cosa, es esencial. [6]

 Estoy segura que la prensa mexicana publicaría el hipotético caso de un affaire Peña Nieto-Aspe. La historia demuestra que así ha ocurrido en el resto del mundo con casos similares porque el periodismo está inmerso en una crisis de credibilidad pero también de ética. Ramón Reig apunta:

He aquí la encrucijada : el periodismo se ve obligado a depender de sus dueños directos e indirectos para poder vivir, pero vivir de esa manera daña al propio periodismo, no vale la pena una existencia semejante. Por consiguiente, el periodismo, o es riguroso y honesto, caiga quien caiga, o morirá, dejará de ser periodismo y se convertirá en simple entretenimiento, evasión, anécdota, seriedad aparente. Porque no se puede cocinar una omelette sin romper los huevos.[7]

El Código Penal Mexicano no tipifica el libelo y los artículos correspondientes a la injuria, la difamación y la calumnia fueron despenalizados en 2011; actualmente se incluyen en el Código Civil Federal.

En nuestro país, el derecho a la información está garantizado con el artículo sexto de la Constitución Política en el que se asegura que solo podrá ser reservado temporalmente por razones de interés público en los términos que fijen las leyes. La Federación, los Estados y el Distrito Federal en el ámbito de sus respectivas competencias tienen sus propias leyes. En la fracción II se señala que la información que se refiere a la vida privada y los datos personales será protegida en los términos y con las excepciones que fijen las leyes; mientras que el artículo séptimo se señala que es inviolable la libertad de escribir y publicar escritos sobre cualquier materia.

Además de que el entramado jurídico es complicado, quien quiera defender su intimidad debe invertir largo tiempo y cantidades millonarias. Por eso son tan pocos casos en los que la legislación prospera.

 CONCLUSIONES

Tanto la libertad de expresión como la protección a la intimidad son derechos fundamentales que se ven afectados con la definición de criterios como “interés público” “magnitud de la audiencia” “ánimo de informar”. Dichos conceptos resultan decisivos ya que con base a dichos términos, un juez definirá si absuelve  o condena a quien divulgó información que se considere calumnia, injuria en los medios de comunicación e incluso internet. Y es que lo que se difunde en la web tienen un carácter tan público como los otros medios. En Estados unidos, la Corte ha estudiado el tema y ha definido que la sentencia dependerá de que el tribunal decida si la información es de interés público, se hizo con ánimo de informar y a cuánta gente llegó dicha información. Se han documentado casos en España donde un mismo reportaje publicado en dos periódicos distintos tuvo sentencias diferentes: uno fue condenado y otro absuelto por la aplicación de los criterios definidos anteriormente volvemos al punto.  Ganar una demanda porque alguien considera que se ha violentado su vida privada, a su familia, su domicilio, su honra y su reputación o se han tomado fotos o videos sin su autorización es sumamente difícil.

Estas circunstancias dejan muy mal parado el sentido del periodismo y el periodismo implica credibilidad lo que resulta contrario al sensacionalismo. Sin duda existe una responsabilidad directa de los periodistas en la difusión de informaciones escandalosas: es un hecho que el espectáculo ha influido al periodismo y éste ha influido en el espectáculo; Vargas Llosa afirma que lo que ahora priva es un periodismo light que deja de lado las noticias de interés y su utilidad pública para proyectar lo espectacular y lo que genere rating incluso a costa de borrar la frontera entre lo público y lo privado.

Los medios de comunicación particularmente los audiovisuales –sin dejar de lado a los impresos-  están privilegiando, la frivolidad, la inmediatez, la urgencia y la cantidad a expensas de la calidad. La discusión sobre lo que hacen los periodistas y los medios de comunicación, es sana e imprescindible en una sociedad democrática y humanista. La ética periodística es considerada un saber prudencial y el caso Hollande-Gayet es una muestra de cómo anda el periodismo en el mundo, que al igual que el periodismo mexicano está más dedicado al entretenimiento y a la información como mercancía sujeta a los imperativos del mercado, que a la investigación y a la búsqueda de la verdad.

El affaire Hollande  no es de utilidad pública y tampoco lo sería, el hipotético affaire de Peña Nieto no son de utilidad pública ni de beneficio colectivo y no ayudan a la transformación de la sociedad. La transformación del periodismo solo podrá venir de la mano de los propios periodistas y en ese sentido Ramonet tiene razón en apostarle no solamente a la conformación de un quinto poder –con redes sociales inlcuidas- sino sobre todo a las buenas conciencias, parafraseando a Carlos Fuentes y más precisamente a las buenas prácticas del ejercicio periodístico.

La autorregulación propuesta por Ramonet es clave y para ello convendría empezar por la autocrítica y por un proceso de reflexión al investigar, redactar y determinar si es prudente y útil presentar determinadas informaciones, fotografías o videos como los referidos en este ensayo.

[1] http://www.elperiodico.com/es/noticias/internacional/hollande-dice-que-los-asuntos-privados-tratan-privado-3009829

[2] http://observatoriomediosuia3.wordpress.com/2009/01/18/la-capacidad-de-hacer-el-mal-que-tiene-el-periodista-es-devastadora/

[3] Vargas Llosa, Mario La civilización del espectáculo. Editorial Alfaguara. México. 2012. P. 135

[4] Ramonet, Ignacio. La explosion del periodismo. Capital intelectual Le Monde diplomatique p.33

[5] Mariano Ures,Martín Parselis, Una ética autorregulada para el periodismo ciudadano. Instituto de Comunicación Social. Universidad Católica de Argentina.

[6] Galdón López, Gabriel. De la objetividad a la prudencia. Hacia un paradigma informativo humanista. Revista comunicación y hombre. No. 2. Madrid. 2006 p.43.

[7] Reig, Ramón. Los dueños del periodismo. Serie Multimedia. Barcelona, 2011. P. 292

Captura de pantalla 2014-01-27 a las 13.26.45

 

Acerca del autor

Estela Livera

Licenciada de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM; actualmente es locutora y comentarista en Radio Fórmula y además conduce el programa Código en proyecto 40 y Tres por Tres en el Canal 3 del estado de Hidalgo. Colabora en este sitio con la columna: Sentido Común.

Su dirección de correo no será publicada, revise los campos marcados*