Este 16 de mayo recordamos el natalicio de uno de los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX, además de ser un escritor, guionista y fotógrafo perteneciente a la generación del 52; Juan Rulfo.

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno nació el 16 de mayo de 1917 en el pueblo de San Gabriel, Jalisco, aunque su acta indica que fue registrado en Sayula; siendo una villa rural dominada por la superstición y el culto a los muertos, sufrió ahí las duras consecuencias de las luchas cristeras en su familia. Luego de quedar huérfano a los 11 años, se trasladó a San Gabriel para vivir con su abuela y posteriormente llegó al orfanato Luis, en Guadalajara. En 1933 intentó ingresar a la Universidad de esa ciudad, pero al estar en huelga, optó por trasladarse a la Ciudad de México.

Mientras asistía de oyente al Colegio de San Ildefonso, comenzó a escribir sus trabajos literarios y a colaborar en la revista América, además de laborar como agente de inmigración en la Secretaría de la Gobernación. A partir de 1938 empezó a viajar por algunas regiones del país en comisiones de servicio y publicó sus cuentos más relevantes en revistas literarias. Rulfo se ganó la vida en trabajos muy diversos: fue empleado en una compañía que fabricaba llantas de hule, en algunas empresas privadas y el Departamento Editorial del Instituto Nacional Indigenista. Además fue asesor literario del Centro Mexicano de Escritores, institución que en sus inicios le había concedido una beca.

En 1953 apareció “El Llano en Llamas”, una recopilación de 17 narraciones, algunas de ellas situadas en la mítica Comala, que son verdaderas obras maestras del género del cuento. Cuando en 1955 se publicó “Pedro Páramo”, la única novela que escribió, el acontecimiento señala el final de un lento proceso que ha ocupado al escritor durante años y que aglutina toda la riqueza y diversidad de su formación literaria; su estructura, más poética que lógica, ha sido tachada de confusa por algunos críticos, pero para comprender la paciente laboriosidad del autor, su minucioso trabajo le exigió rehacer numerosos párrafos, desechar páginas y páginas ya escritas.

De vez en cuando, algunos textos suyos aparecían en las páginas de las publicaciones periódicas dedicadas a la literatura, al grado que en septiembre de 1959, la Revista Mexicana de Literatura publicó con el título de “Un pedazo de noche”, un fragmento de un relato de tema urbano; en marzo de 1976, la revista ¡Siempre! incluyó dos textos inéditos: una narración, “El despojo”, y un poema, “La Fórmula Secreta”. Después de concluir sus obras, Rulfo abandonó la escritura de libros; en marzo de 1974, durante un diálogo estudiantil en la Universidad Central de Venezuela, lo justificó con la muerte de su tío Celerino, quien “le platicaba todo”. El tío Celerino existió realmente y, con él, Rulfo recorrió muchos pueblos y escuchó sus historias, las cuales eran consideradas como fantasiosas.

Entre otras labores, el director de cine Emilio “el Indio” Fernández le solicitó guiones para cine durante la década de los 50, por lo que Rulfo realizó algunos de ellos en colaboración con Juan José Arreola. Incluso, en 1960 se produjo la película “El despojo” basada en una idea de Rulfo y que aparecería después; en 1964 salió “El gallo de oro”, dirigida por Roberto Gavaldón y adaptada al cine por Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. Además, “El Rincón de las Vírgenes” de 1972, es una adaptación de los cuentos Anacleto Morones y “El día del derrumbe” parte de “El Llano en Llamas”.

Rulfo fue un incansable viajero y participó de varios congresos y encuentros internacionales, y obtuvo varios premios, como el Xavier Villaurrutia en 1956 y el Premio Nacional de Literatura de 1970; el 9 de julio de 1976, fue elegido miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, y siete años más tarde obtuvo el Príncipe de Asturias de España.

Juan Rulfo falleció en la Ciudad de México el 7 de enero de 1986, y fueron tantas las reacciones periodísticas y las notas necrológicas que se publicaron después de su muerte que con ellas se elaboró un libro titulado “Los murmullos”; póstumamente se recopilaron los artículos que el autor había publicado en 1981 en la revista “Proceso”.

Su obra fue el parteaguas de la literatura mexicana que marca el fin de la novela revolucionaria, lo que permitió las experimentaciones narrativas, como es el caso de la generación del medio siglo en México o los escritores pertenecientes al boom latinoamericano.

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