Murió José Luis Cuevas, el “Gato Macho” de la plástica mexicana. Por José Luis Morales Baltazar

Murió José Luis Cuevas, el “Gato Macho” de la plástica mexicana. Por José Luis Morales Baltazar

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Algunas vez este país fue una tierra de grandes dinosaurios.

Y no precisamente de Ecatepec, donde se encontró un vestigio de estos míticos animales.

Hablo de otra clase de dinosaurios, de seres extraordinarios que con sus obras dieron fama y gloria en el mundo a México, donde hoy está clase de figuras se encuentran en franca extinción y su lugar es ocupado por una legión de antihéroes que el cine, la televisión, los periódicos y los llamados nuevos medios de comunicación exaltan hoy como sus nuevos ídolos.

Con la muerte de José Luis Cuevas el día de ayer, muere también una parte de ese México que en el Siglo XX habitaron verdaderos titanes de arte, la literatura y la cultura en nuestro país; gente de alto calibre como Alfonso Reyes, Daniel Cossío Villegas, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y una pléyade de grandes figuras.

En el ámbito de la pintura: Orozco, Rivera, Siqueiros, Frida Khalo y Rufino Tamayo, de gran renombre internacional todavía hoy en el mundo.

A esta camada de enormes protagonistas del siglo XX en México perteneció José Luis Cuevas, dibujante, grabador y artista plástico mexicano que murió ayer a los 83 años de edad.

Cuevas fue un artista visionario y precoz.

Antes de los 10 años de edad descubrió su vocación artística; a los 14 realizó su primera exposición, donde ya destaca por su extraordinaria facilidad de línea en el dibujo; y a los 23 años, cuando ya era reconocido por la crítica, decretó la muerte del Muralismo y la Escuela Mexicana de Pintura, inventados años atrás por José Vasconcelos para sacralizar el México Revolucionario.

Así, fue artífice de la llamada Generación de la Ruptura y como tal, en su ensayo intitulado “La Cortina de Nopal” cuestionó severamente la temática nacionalista, izquierdista y revolucionaria de los muralistas por considerarla ya agotada, y pugnó por un arte cosmopolita, neofigurativo y apolítico en sus obras.

Cuevas colaboró en diversas publicaciones y escribió e ilustró varios libros.

Sin duda, puede afirmarse que su biografía quedó plasmada en su abundante obra artística, así como en los “Cuevarios” que escribiera durante años para “El Búho”, suplemento cultural de Excélsior, o en libros de memorias  como el de “Cuevas antes de Cuevas”, en donde, entre otras cosas, podemos constatar que toda su vida este artista fue un hombre hiperactivo, irreverente, polémico, contestatario, vanidoso, egocentrista, mitómano y enamoradizo, pero sobre todo de talento y curiosidad inagotables, un artista de gran cultura, reconocido nacional e internacionalmente, que amaba hablar de sí mismo, autorretratarse, autofotografiarse, dibujar monstruos y dar vida a esculturas y multitud de obras a la vez horribles y fascinantes. Prostitutas, locos y enfermos son personajes deformados de sus dibujos.

Uno de los grandes reconocimientos a su trabajo fue la retrospectiva de su obra que se presentó en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en España, inaugurado en enero de 1998.

Cuevas se las daba de machín y se autobautizó como “El Gato Macho”, no para evitar confusiones, sino para enfatizar su condición de “buen gallo”.

Releyendo algunos de sus “Cuevarios”, no alcanzo a entender de dónde sacaba tiempo y fuerzas para atender tantos compromisos al día: invitaciones, entrevistas, presentaciones de libros, conferencias, comidas, premios, homenajes, lecturas, constantes viajes, etcétera, y, además, producir tanta obra al mismo tiempo.

Sin exageraciones, a Cuevas se le podría aplicar una frase del escritor Guillermo Sheridan: “Toda una vida estaría conmigo”.

Siempre tenía una valija preparada para viajar. Al respecto, su chofer le dijo un día: “Al aeropuerto, señor, es a donde lo llevo más seguido”.

Amo a Yucatán, declaró en uno de estos “Cuevarios”, “y Mérida es la ciudad que más me cautiva”.

En 1957 estuvo a punto de perder la vida en un accidente de motocicleta, vehículo que su padre y su hermano Alberto le impusieron, y desde entonces dejó de manejar hasta auto.

De sus mejores recuerdos, destaca que en París Pablo Picasso visitó una exposición con su obra, compró un par de cuadros y le dejó un mensaje en el cuaderno de visitantes elogiando la calidad de sus dibujos.

De innata capacidad para la propaganda y las relaciones publicas, José Luis Cuevas dejó de dibujar un día, pero no paró de hablar de sí mismo, como lo muestran innumerables testimonios.

Una terrible ofensa a su narcisismo, la sufrió cuando varios tipos asaltaron su casa y no se llevaron ninguno de sus cuadros.

En uno de sus “Cuevarios” afirma que no sabía llorar y que, por esa razón, se hizo un autorretrato con una lágrima en la mejilla; “la única lágrima – puntualizó – que derramé en mi vida”.

Muchas de las cosas que dijo Cuevas tal vez jamás sucedieron, pero Cuevas era un encantador de serpientes por su gran elocuencia y todo se le creía.

Hoy, sin embargo, yo no puedo creer que esté muerto.Seguro se trata de otra de sus valandronadas.

Aunque la realidad sea otra y su muerte sólo resulte un signo más de lo que hoy es este pobre “México negro querido” que con su muerte se está quedando sus valiosos dinosaurios de nuestra cultura.

 

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