Las herraduras para caballos son piezas en forma de una “U” construidas de hierro, caucho, plástico o cuero que se clavan o pegan en el borde de los cascos de los caballos. Las utilizadas para los bueyes y vacas tienen otra forma que se adapta a sus pezuñas, es decir, dos uñas en cada pata, con el fin de para proteger los cascos y pezuñas contra el desgaste y la rotura.

Desde el siglo XIX existe un gran debate científico sobre la existencia o no de herraduras en la Antigüedad. Está claro el uso de las “hiposandalias” de cuero a partir del siglo IV a. C., las cuales eran protecciones móviles de metal, esparto o cuero que, sujetas con cintas, se utilizaban sólo puntualmente, en función de la dificultad del terreno o la longitud de un viaje.

No hay textos literarios sobre el uso de herraduras anteriores al siglo IX d. C., pero en cambio sí numerosos hallazgos arqueológicos en distintos países que se inclinan a aceptar su existencia, si bien no sistemáticamente extendida, o al menos no para los caballos de guerra. Igualmente, el origen de la herradura sigue sin estar claro, aunque se apunta hacia pueblos bárbaros del oriente del Imperio romano, que usarían algunas protecciones clavadas al menos desde los siglos IV a II a. C.

Se dice que las herraduras son de buena suerte; su forma se parece a otros símbolos venturosos, como el medio círculo o la media luna creciente, el óvalo y la “U”. El hierro del que están hechas se asocia con la fuerza y el poder, y para algunos pueblos antiguos también el caballo era objeto de reverencia.

El semicírculo proveniente del círculo que trazan el sol y la luna creciente simboliza la fertilidad y la buena suerte, tanto en culturas antiguas como en la actualidad. El signo de la “U”, probablemente inspirado en la entrepierna humana, simbolizaba la maternidad o la virilidad, dependiendo de si sus extremos apuntaban hacia arriba o hacia abajo. Con frecuencia se usaban cuernos de algún animal para protegerse de los malos espíritus.

Los griegos hicieron las primeras herraduras, las cuales se fijaban a las pezuñas del animal con siete clavos, a la vez que los babilonios y los egipcios consideraban que el número siete era mágico, idea que perdura hasta nuestros días. La unión de todos estos signos de buena suerte pronto dio por resultado que a las herraduras se les considerara poderosos amuletos capaces de traer fortuna o de rechazar espíritus malignos.

Otras supersticiones se han unido a esta idea. Colgar herraduras sobre la puerta de entrada de la casa es un uso que a nadie sorprende. Asimismo, es habitual que se le atribuyan poderes para atraer la buena fortuna al hogar, pero lo ideal es que la herradura deba encontrarse, no comprarse ni regalarse. Hallarla es un buen augurio, especialmente si la persona que la encuentra escupe sobre ella y luego la arroja por encima del hombro izquierdo. Su suerte durará todo el tiempo que los clavos permanezcan en la herradura. Se puede doblar uno de los clavos para formar un anillo y al llevarlo puesto se evitan muchas enfermedades, especialmente el reumatismo.

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