Aunque el suelo bajo nuestros pies parece sólido e inamovible, la verdad es que la corteza terrestre tiembla con una frecuencia sorprendente. Se calcula que en nuestro planeta ocurren al año más de un millón de temblores, la mayoría siendo tan ligeros que sólo se pueden detectar con instrumentos especiales muy sensibles. Como promedio, se producen al año de 15 a 25 temblores importantes, a veces con efectos devastadores, y en zonas densamente pobladas estos desastres pueden causar la muerte de miles de personas, daños incalculables y visibles alteraciones en la estructura del terreno.

La corteza exterior de la tierra consta de una serie de enormes placas que flotan sobre el manto que hay debajo; entre ellas se produce un roce lento pero continuo y en sus bordes se acumulan grandes tensiones, con el tiempo la presión se hace tan intensa que las placas ceden y se separan con una sacudida. Este deslizamiento libera la tensión durante un tiempo, pero causa sacudidas en la superficie, a veces abarcando centenares de kilómetros.

El 4 de febrero de 1975, los funcionarios de la provincia china de Liaoning, Manchuria, hicieron una advertencia urgente: era inminente un terremoto. Una serie de temblores menores ocurridos por la mañana parecía anunciar algo catastrófico, a lo cual se apremió a la gente para que permaneciera fuera de sus casas aun cuando era invierno. El mismo día, poco después de las 7:30 p.m., se sintió un fuerte terremoto, se derrumbaron centenares de casas, pero como la gente estaba afuera hubo muy pocos heridos.

Éste fue uno de los primeros casos conocidos en los que se logró predecir un terremoto y fue resultado de un programa iniciado por el gobierno chino en 1965 para tratar de reducir los daños que causan estos fenómenos, pero el éxito de la predicción en parte fue un golpe de suerte. Los métodos usados desde entonces no logran predecir los peores terremotos. No obstante, esto  confirma la importancia de tener un pronóstico preciso.

En otros tiempos, los chinos y otros pueblos creían que los terremotos podían predecirse por medio de la astrología o la observación de portentos naturales pero no hay nada realmente serio en su favor. Los intentos modernos de predecir terremotos se basan en diversos cambios que ocurren en la corteza terrestre y que se acumulan para producir otro más grande. Por ejemplo, muchos terremotos son precedidos por una serie de sacudidas pequeñas, como en Liaoning. Pero estos movimientos aislados no son un medio infalible de predicción, a veces esas sacudidas simplemente se desvanecen.

No existe un solo indicador confiable de que se aproxime un terremoto, por ahora los sismólogos sólo pueden afinar las predicciones basándose en cuatro indicadores principales: la velocidad a la que viajan las ondas de choque por el suelo, los cambios en el nivel de la superficie del suelo, el aumento en la emisión de radón, gas inerte y radiactivo que se filtra desde el subsuelo todo el tiempo, pero cuya concentración parece aumentar antes de un terremoto, y cualquier cambio en el comportamiento eléctrico o magnético de las rocas cuando se acercan a su punto de ruptura antes de un terremoto.

Hoy los científicos pueden hacer predicciones sólo en términos estadísticos muy amplios. Afirman, por ejemplo, que hacia el año 2020 ocurrirá en Los Ángeles un terremoto que podría matar a unas 20 000 personas. Una sola alarma falsa puede hacer que se pase por alto una predicción válida, con lo cual se produce la catástrofe que se trata de evitar con la predicción.

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