Si no se aviva una hoguera, sus llamas se extinguirán; es decir, que la enorme hoguera del Sol ha ardido durante casi 5000 millones de años sin que nada indique su extinción, a pesar de que la Tierra absorbe una mínima fracción (algunos calculan que una cienmillonésima parte) de la enorme energía solar mientras que el resto de esta cantidad de calor y luz se pierde en el espacio.

Muchas culturas consideraban al Sol como un milagroso y eterno obsequio de los dioses, pero ahora sabemos que algún día se extinguirá. Las pruebas muestran que su temperatura varía: desde 1979 es probable que se haya enfriado en una décima de 1%, lo que no significa que el gran fuego vaya a desaparecer, pero debido a la naturaleza volátil del Sol, todo indica que este cambio menor se revertirá pronto.

El Sol está compuesto por casi 75% de hidrógeno y 25% de helio además de pequeñas cantidades de oxígeno, carbono, neón, nitrógeno, magnesio, hierro y silicio, por tanto se le considera una gran estrella de sucesión que brilla por combustión de hidrógeno. En el núcleo del astro dicho gas estuvo comprimido con tanta fuerza, que se inició una reacción nuclear.

En este horno gigantesco el hidrógeno se convirtió por fusión nuclear en otro gas combustible, el helio; así el Sol quema combustible y al mismo tiempo lo crea; conforme disminuye el abasto de hidrógeno, aumenta el de helio. Esto significa que la luz y el calor que ahora recibimos en realidad se produjeron en su núcleo hace millones de años.

Si lo comparamos cuando quemamos combustible en una fogata, en la cual convertimos la materia, ya sea madera o carbón, en una parte de energía, el Sol es un horno sumamente eficaz; cuanto más arde el fuego, más calor produce. Pero aun así el helio que produce para mantenerse ardiendo constituye sólo el 92.3% del hidrógeno que quema; el 7.7% restante se pierde en diversas formas de energía, principalmente calor, luz y rayos X.

Esta pérdida de hidrógeno es mínima comparada con la enorme masa del Sol que, no obstante estar compuesto por gas ligero, el cual pesa casi 300,000 veces más que la Tierra y pierde cerca de cuatro millones de toneladas de materia por segundo.

Los científicos calculan que el Sol tiene hidrógeno suficiente para mantener vivo el fuego durante otros 5,000 millones de años, casi tanto tiempo como el que ha estado ardiendo; si para entonces todavía hay vida humana en nuestro planeta, ésta y otras formas de vida perecerán en un holocausto espantoso.

Antes de que sus llamas se extingan, el Sol se convertirá en una estrella gigante roja y crecerá hasta casi centuplicar su tamaño, comenzará por devorarse a Mercurio y luego a Venus, los planetas más cercanos. La atmósfera de la Tierra, que normalmente la protege del intenso calor del Sol, desaparecerá, los océanos hervirán y se evaporarán, y sin los efectos refrigerantes de su atmósfera y de sus océanos, nuestro planeta se transformará en una enorme bola de fuego.

El Sol se convertirá en lo que los astrónomos denominan “enana blanca”, una estrella con un diminuto corazón de calor blanco. En ese estado inestable no producirá energía y poco a poco irá cambiando de color: primero blanca, después amarilla y luego roja, hasta que, convertida en una enana negra, desaparezca de la vista.

Pero no hay razón para preocuparse: si el Sol perdiera su poder mañana, pasarían 10 millones de años antes de que su superficie se enfriara lo suficiente como para sentir escalofríos.

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