El mundo atraviesa por una crisis alimentaria con más de 820 millones de personas que padecen hambre, mientras cerca de 672 millones de adultos y 124 millones de niños son obesos, situación que podría mejorar si se modifican el modelo económico, conductas de consumo y la percepción de lo que es una alimentación adecuada, afirmó Carlos Labastida Villegas, coordinador del Programa Universitario de Alimentos de la UNAM.

El Día Mundial de la Alimentación, proclamado en 1979 por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, busca que la población conozca el problema alimentario y haya solidaridad en la lucha contra el hambre, la desnutrición y la pobreza. La efeméride coincide con la fecha de creación de la FAO en 1945.

El problema del hambre no se debe solo a la producción o disponibilidad de alimentos, sino al acceso económico, que la gente tenga recursos suficientes para comprar comida, dijo en el marco del Día Mundial de la Alimentación, que se conmemora hoy, 16 de octubre, y que este año lleva por lema “Dietas saludables para un mundo sin hambre”.

El universitario resaltó que 30% de la producción en el mundo no llega a la mesa del consumidor, lo que equivale a mil 300 millones de toneladas por año, y en donde intervienen las pérdidas y el desperdicio.

Labastida sostuvo que dado que los avances registrados han sido lentos, difícilmente se alcanzará el objetivo de desarrollo sostenible de “hambre cero” para 2030, establecido por Naciones Unidas en 2015, pero es posible enfrentar la crisis alimentaria y lograr avances significativos si se toman las acciones necesarias.

Dijo que el hambre existe desde tiempos inmemoriales y es una realidad en muchos países, como el nuestro. Actualmente, en Asia hay 515 millones de personas en esa condición, 256 millones en África, y 42 millones más en América Latina y el Caribe.

En México este problema se ubica sobre todo al sureste y tiene menos incidencia en el norte. En contraste, 7 de cada 10 adultos tienen sobrepeso u obesidad, lo mismo que 3 de cada 10 niños y 4 de cada 10 adolescentes, añadió el experto.

Las pérdidas de alimentos se consideran a partir de la producción, siembra, cosecha, transporte, almacenamiento y distribución a los centros de consumo. “Se almacenan cereales en lugares inadecuados, donde son presa de la humedad y hongos que los hacen inservibles para el consumo”, ejemplificó.

El desperdicio se refiere a alimentos desechados por elección, porque se estropearon o caducaron sus fechas para consumo óptimo. Esto se da principalmente en los centros de venta como mercados, supermercados o tiendas minoristas y, de una manera importante, en nuestros propios hogares.

Por ejemplo, al comprar más alimentos de lo que comúnmente se consume, éstos se rezagan, sufren deterioro físico y ya no son apetecibles. De igual manera, algunos productos envasados llegan a la fecha de caducidad o de consumo preferente y se tiran. “Debemos ser mejores consumidores”.

Labastida Villegas advirtió que los problemas del hambre, sobrepeso y obesidad no serán resueltos por alguien en particular, porque todos estamos involucrados.

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