La moraleja talmúdica: “Si cae un árbol en medio del bosque, y nadie lo escucha, ¿cayó realmente?”. Revela el pensamiento antropocéntrico: el árbol en sí no es un ser, no habla, no es nada. Sólo existe si el hombre lo mira. Esta concepción -casi cuántica- de si el ser ajeno al hombre existe únicamente si el hombre lo testifica, es la visión que permitía talar impunemente a la cosa, matar a las cosas (léase: animales), y reventar a la Naturaleza, ese ente que no escribe con palabras.

Ese pensamiento arcaico, aún vigente, es el que nos ha llevado a este estado deplorable de la Tierra, enferma y contaminada por no haber tenido una educación de cuidarla y amarla, sino de explotarla y lucrar con todo lo que hay en ella, sin importar si hay que talar bosques, selvas, montañas… ¿qué importa si desaparecen y nadie lo ve?

Las leyes y relatos que han hecho los hombres son para poder destruir la Naturaleza impunemente… pero no entiende aún este triste animalito llamado hombre que se destruye así mismo cuando tala la selva, mata a los animales, destruye y contamina la tierra para extraer petróleo y minerales.

Mientras sigan vigentes las religiones, continuaremos atados a los discursos antropocéntricos, adonde un dios decía qué estaba bien, qué estaba mal… Basta con ver el estado de los Océanos, y de cualquier parte de la Tierra, para evidenciar que esos dioses no sabían lo que hacían.

Pero es más fácil no pensar, no cuestionar, no analizar, no estudiar. Que reine el libre albedrío de la ignorancia, del no aburrirse, del ser feliz y satisfecho. Sí. ¿Por qué elegir saber de dónde viene mi comida? ¿Por qué cuestionar el uso del combustible fósil? ¿Elegir ser infeliz? ¿Quién quiere eso? Coches de lujo, aviones privados, joyas, ropas cara y nenas preciosas: el ideal del reggaeton. En Miami y por doquiera anhelado.

Se mete en las cabezas de la gente y no sólo terminan creyéndolo, sino que se vuelve una realidad que se esparce viralmente… No es noticia la veneración al becerro de oro… La diferencia es que antaño el hombre no era nada en la Tierra y quería serlo todo. Y lo ha logrado… al alto precio de destruir y contaminar sin medida… El aire, el agua, la tierra, los animales… Y pensar que hoy, en pleno siglo XXI, aún reinan las religiones, aún triunfan los discursos falaces que si el calentamiento global es un cuento y todavía hay que pelearse con la gente que no entiende, porque no quiere entender.

Quiere ser feliz yendo a comer basura; quiere divertirse en su teléfono; quiere entretenerse en sus vacaciones en la playa; quiere disfrutar de la vida y no saber todas estas cosas “deprimentes”. ¿De qué le sirven? Lo que no le haga feliz, descartado, anulado directamente, enviado al sótano gigantesco del “no me interesa – me aburre”.

El entretenimiento banal es la piedra filosofal para que el sistema continúe arrasando con los recursos naturales. Y sólo “unos loquitos” se quejen, hagan un poco de ruido… Si quieren matar delfines en una isla danesa, ¿quién es uno para impedirlo? ¿Qué es un delfín para esa gente? Un trofeo, una tradición, un juguete desechable. ¿Matar una cabra en el Himalaya, un león en África, un elefante en Indonesia?. Juguetes para ricos aburridos que necesitan jugar a pequeños dioses. Ínfimos seres que los avalan las leyes de antaño, esas mismas leyes antropocéntricas que tenían su correlato racional, avalado por las divinidades… Todo muy lógico. Tan lógico como asesinar un delfín por placer.

Modificar esas leyes, proteger a la tierra, pero protegerla de verdad, no hacer “sustainability” -esa farsa que ejercen las corporaciones para darle a su consumidor un salvoconducto para que no sienta culpa-, va en contra de todos los grandes intereses… con lo cual estamos condenados a ver nuestra propia extinción mientras los dioses se ríen

@elagujeroazul

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