En semana y media, el número de estudiantes afectados por el cierre de escuela y universidades en 138 países se cuadruplicó para llegar a 1370 millones, es decir, más de 3 de cada 4 niños y jóvenes en el mundo o cerca del 80% de la población estudiantil. Los docentes afectados son 60,2 millones, según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

En América Latina, la cifra se estima en más de 156 millones, más del 95% de los alumnos incluidos estudiantes universitarios y de educación técnica, educación profesional, dijo la asesora regional en Educación para la Salud y el Bienestar de la Oficina Regional de Educación para América Latina y el Caribe de ese organismo, Mary Guinn Delaney.

Entrevistada por noticias ONU, Delaney dijo que “la emergencia que atraviesa el mundo debido a la pandemia del coronavirus COVID-19, nos hace apreciar el trabajo de los y las profesoras porque nos obliga a enfrentarnos con un vacío muy grande. Ahora que nos ha pasado lo impensable a nivel global, tenemos otra perspectiva de lo que es impensable y debemos prepararnos para escenarios totalmente nuevos que exigen respuestas que no hemos armado hasta ahora”.

El cierre de las escuelas tendrá impactos a corto, mediano y largo plazo. El más inmediato y evidente es la interrupción del aprendizaje, pero también es la interrupción de la alimentación que muchos niños y adolescentes reciben en las escuelas y que a menudo constituye su principal fuente de nutrición. Hasta el 20 de marzo, el Programa Mundial de Alimentos calculaba que 300 millones de alumnos de primaria habían dejado de recibir alimentos al suspenderse clases.

De acuerdo con Delaney, en América Latina y el Caribe, los programas de alimentación escolar son de larga data en todos los países, desde los más pobres hasta los más avanzados. “Yo diría que la mayoría de los niños que están en primaria y secundaria recibe algún tipo de colación o comida en el contexto escolar”. Para sustituir esa carencia, los países han empezado a organizar sistemas que les permitan continuar distribuyendo comida a los estudiantes. Delaney citó el caso de Chile, donde están preparando canastas.

Pero las bondades de ir a la escuela no se reducen a aprender y comer, para la experta, “además de la enseñanza formal y la alimentación, el ámbito escolar es un lugar seguro, protector, que contiene a los niños, sobre todo en los contextos difíciles y peligrosos”.

Cuando los niños están limitados al espacio de su vivienda, sea ésta grande o pequeña, y se ven impedidos de convivir con sus amigos y asistir a la escuela, se aburren y tornan inquietos, muchas veces, empujando a los padres a situaciones de estrés que pueden devenir en violencia doméstica.  La falta del colegio en sus vidas diarias tiene un impacto enorme a nivel individual y de familia.

Para la asesora regional de la UNESCO, la actual crisis “nos va a dar la oportunidad de apreciar el trabajo de los y las profesoras y ojalá que nos demos cuenta de la importancia y el tremendo trabajo que se hace en las seis u ocho horas diarias que los estudiantes pasan en la escuela”.

Con el objetivo de mitigar el efecto de la interrupción de clases, muchos países buscan soluciones de enseñanza a distancia, la mayoría de las cuales implica que el estudiante tenga en casa no sólo una computadora, sino acceso al internet, solución no realista porque excluye a los estudiantes más pobres.

“Ciertamente, la solución virtual podría ser parte de la respuesta, pero no podemos contar con acceso a esta respuesta mucho más allá de algunos grupos menos vulnerables o con más acceso”, acotó Delaney y recordó que el acceso al internet está muy concentrado en ciudades capitales y que si hay acceso, no hay la costumbre de usarlo como un mecanismo educativo.

Añadió que en México, por mencionar un caso, sólo el 60% de los estudiantes tiene internet. (Naciones Unidas)

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