Una mano dura que tome el camino de la represión, abierta y pública, o escondida y hasta legalizada como la llamada “ley garrote”, es tan reprobable como una mano blandengue que ignore el camino de responsabilidades y derechos, que diga que va a arreglar todo con abrazos amorosos o tolerando impunidades selectivas.

Esto afirma el Arzobispado de México en su edición de este 25 de agosto en el semanario Desde la Fe, en su editorial titulado “No más violencia contraq la mujer”.

Al fijar postura sobre hechos como el ocurrido hace 10 días durante una manifestación feminista en la Ciudad de México, la Arquidiócesis ejemplifica diciendo que sobran razones para dudar y rechazar la terapia que indica el médico cuando pretende remediar un cáncer tremendo con grageas de chocolate, y que también habrá que buscar un profesional más serio si al que se consulta es adicto al quirófano hasta para curar un dolor de estómago producto de un exceso ocasional.

El editorial apunta que parece que algo así está sucediendo en nuestra sociedad cuando se reacciona a la violencia con métodos que toleran y fomentan la impunidad, o cuando se pretende eliminar los síntomas de un problema, sin atender sus causas profundas.

Destaca que más allá de la contradicción que implica un desenlace vandálico en una marcha que se convoca para denunciar la violencia de género, ciudadanos y autoridades hemos de ser sensatos para seguir resolviendo la violencia generalizada por supuesto en sus expresiones más sensibles, pero comenzando desde la cercanía de lo doméstico, en ámbitos laborales, conversación pública, medios y las plataformas digitales, y hasta en  instituciones públicas.

El semanario católico precisa que la violencia es un monstruo de mil cabezas y una de sus formas más dañinas y contumaces es la que se enmascara como “acción políticamente correcta”, pero que infringe daño y abuso contra víctimas inermes, resignadas y abandonadas a soportar más allá del colmo.

Puntualiza que expresiones retóricas tan fáciles y tan oficiales como “no criminalizaremos la protesta” pueden ser apenas la punta de un iceberg de dimensiones riesgosas al que, a veces, parece que nos hemos acostumbrado, y sigue siendo urgente una atención profunda, permanente y eficaz, pues de continuar con remedios superficiales, ocasionales y dulzones, sólo le estaríamos apostando a una violencia mayor.

El arzobispado dice que actuar como autoridad democrática es garantizar la paz, defender los derechos y la seguridad de todos. Lo otro es una omisión hipócrita de responsabilidades elementales.

Agrega que México necesita encontrar el camino ordinario y estable hacia el ejercicio de derechos, la paz y el respeto, y que ojalá que no nos conformemos con mesas de diálogo donde no se dialoga, donde cada participante representa por intereses parciales y no la búsqueda del bien común.

 

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