La presión de los líquidos en el interior del globo ocular los mantiene en forma y asegura que nuestra visión no se distorsione; en un ojo sano, un líquido claro llamado humor acuoso circula dentro de la parte frontal del mismo; para mantener una presión constante y normal en el ojo, se produce continuamente una pequeña cantidad de humor acuoso, mientras que una cantidad igual del líquido sale del ojo.

Pero algunas veces, por una o varias razones, esta presión aumenta provocando la ruptura de pequeños vasos sanguíneos que alimentan las fibras del nervio óptico con oxígeno y glucosa, dañándolas. El humor acuoso no fluye hacia afuera del ojo correctamente, mientras que la presión del líquido que queda en él aumenta, y con el tiempo causa daños a las fibras del nervio óptico

Esta condición se conoce como glaucoma y pocos trastornos oculares revisten tanto peligro como ella; la principal amenaza consiste en que la víctima pierde la vista sin darse cuenta: si un paciente diagnosticado decide no atenderse y hacer caso omiso a las indicaciones médicas, en unos 10 años podría perder el sentido de la vista, según el tipo de glaucoma que padezca.

Se ignora por qué unas personas padecen de glaucoma y otras no. La forma más común, conocida como “glaucoma crónico simple” o “de ángulo abierto”, tiende a ser hereditaria. Si en nuestra familia hay antecedentes de glaucoma, hay que examinarse la vista una vez al año; la misma precaución deben tener las personas mayores de 40 años, ya que el glaucoma simple es más frecuente entre gente de edad madura.

Este mal es la segunda causa de ceguera tanto a nivel mundial, estimándose alrededor de 80 millones de personas afectadas; en México la padecen por lo menos dos millones de individuos.

El glaucoma crónico simple se mantiene bajo control con bastante éxito mediante colirios. Sin embargo, el tratamiento que consta de una o dos gotas al día aplicadas en uno o en ambos ojos debe continuar de por vida. En caso de que los medicamentos fallen, un cirujano oftalmólogo puede intentar aliviar la presión intraocular abriendo el canal de drenaje obstruido o formando un paso de desagüe para el líquido.

Una forma menos común, el “glaucoma agudo” o “de ángulo cerrado”, manifiesta síntomas de advertencia, es decir, que el paciente puede sentirse enfermo, tener dolor intenso en los ojos y visión borrosa. Es un caso que requiere atención inmediata y, una vez que se ha controlado la presión intraocular, suele ser necesario operar.

Otros tipos de glaucoma son el de “tensión normal”, en el que a pesar de que una presión ocular se considera normal cuando mide menos de 21 milímetros de mercurio, unidad de medida de la presión de los ojos, un daño al nervio óptico y una pérdida del campo visual todavía pueden ocurrir; el “glaucoma congénito”, que se desarrolla en bebés y niños pequeños y puede ser hereditario, o el “glaucoma secundario”, el cual se deriva de otra lesión o enfermedad del ojo.

Sólo mediante exámenes regulares, especialmente tras loa 40 años de edad, es posible identificar la enfermedad y evitar que la vista se dañe progresivamente.

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