Los países miembros de la ONU ascienden a 197, mismos que guardan un desarrollo desigual en su formación histórica y funcionamiento institucional. El Estado nación es un órgano político social que surgió como resultado de la negociación de la paz de la guerra de los 30 años.

Las rondas de negociaciones se llevaron a cabo en Westfalia, entre mayo y octubre de 1648. En tanto, la formación de los estados de la América ibérica se dio dos siglos después  a partir del retorno de la vigencia de la Constitución de Cádiz en la segunda década del siglo XIX.

Nuestra incorporación como estados independientes fue obstaculizada por el viejo régimen autoritario y los problemas generados del rompimiento con la metrópoli como la carencia de capitales y crédito internacional, por lo que la mitad de ese siglo fue aún precedida de guerras civiles, luego vinieron las dictaduras autóctonas vinculadas con el capital internacional en la expansión capitalista de fines del XIX.

Los estados nación latinoamericanos se reconocen en la misma identidad con una lengua e historia común en grandes rasgos civilizatorios. Se diría que caminan en la misma dirección e igual ritmo en la historia, desde la temprana edad de convertirse en la Utopía de los humanistas encabezados por Erasmo en el siglo XVI concebida como una tabla de salvación de la Europa sumergida en hambrunas, guerras, plagas y epidemias. Un continente que abarcaba la unidad transártica que acogía a la Europa rica del sur y después a los europeos pobres del norte arrancados de sus sitios por las guerras de reforma.

Las ironías de la historia revirtieron los roles de importancia a través del gran negocio de la esclavitud-

Durante la modernidad del siglo XX,  como bien se percibe durante los años dorados de la expansión capitalista o de la crisis compartida con los centros financieros,  de igual manera se fraguó en la Segunda Guerra mundial siempre con los Estados Unidos, con la particularidad de la Revolución mexicana y el populismo encendido de Perón y Vargas en Argentina y Brasil, hasta la Revolución Cubana donde se marca el fin de las dictaduras sembradas por la United Fruit basadas en la explotación de plantaciones tropicales y dictaduras siniestras.

La  Revolución cubana no conquistó el socialismo pero a partir de ellas se frenó el desembarco de tropas americanas en suelo indoamericano, tal como ahora sucede en Caracas.

El último medio siglo latinoamericano fue un rompimiento con los mandatos autoritarios de Washington, como lo inscribieron las luchas guerrilleras de combatientes que perecieron en su intención de ganar la libertad ante el dominio de la doctrina Monroe, desde el Che en Bolivia, los Tupamaros, pasando por los Montoneros, Sendero Luminoso, y otros más. Como el Frente de Liberación Nacional, marcaron la conciencia nacional a pesar de que no obtuvieron la victoria por carecer, entre otros de los obstáculos, del abastecimiento logístico de armas y en razón de la respuesta avasalladora del Plan Cóndor auspiciado por el Pentágono, que inscribió una de las mayores atrocidades a la violación de derechos humanos.

En este toma daca de la lucha por la liberación nacional ante la opresión del imperio norteamericano se presentaron victorias como fue la Revolución Sandinista, o la Revolución Bolivariana y aun la Revolución de las cañadas de Chiapas, que apagó el irrefrenable vuelo de los partidos bañados en la corrupción, para luego abrir paso a la década de mayores logros democráticos al ascender al poder Lula en Brasil, Mujica en Uruguay y Kirchner en Argentina.

Nuestra América ha entrado en una fase de defensa de su territorio, ante la amenaza de los Estados Unidos de desestabilizar Venezuela por razones de seguridad energética, y obtener el control de los yacimientos petroleros ante la presencia de otros competidores que disputan los recursos naturales, como muestra el interés de empresas de China y Rusia. Lo que se pone en juego es la posibilidad de diversificar los mercados de América con otros países mas allá de Europa y los Estados Unidos, una afrenta al orgullo de la supremacía blanca que representa Trump, sin mayor sustento de legalidad ni de política de derechos humanos al pretender imponer sus decisiones por delante todo el tiempo.

Trump no es el dueño del mundo ni tampoco de América.

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