Se necesita más que una acusación de acoso y abuso para tomar la decisión de quitarse la vida. Es lo que pienso del reciente suicidio de Armando Vega Gil, bajista y cantante del mítico grupo Botellita de Jerez, creador del guacarock. Incluso la forma en que lo hizo se puede considerar un grito desesperado en busca de ayuda. Porque no cualquiera se cuelga de un árbol con ayuda de un alambre a las puertas de su casa. Vega ágil debió estar muy deprimido cuando tomó la decisión final de su vida.

La acusación que anónimamente alguien le hizo semanas atrás y que tanto le afligía sólo fue un detonador de un mal que seguro venía de meses o años atrás y que no recibió la atención adecuada.

El instinto de sobrevivencia frente a cualquier circunstancia por difícil o imposible que parezca es natural en lo seres humanos. El amor por uno mismo es lo último que se pierde tras arribar a ese infierno mental, un desorden para el que hoy existen muchas terapias – psicoterapia o farmacología, o una combinación de ambas – que pueden evitar un desenlace fatal.

Dentro de este padecimiento la lucidez se puede perder de un momento a otro. Vega Gil escribió una extensa carta, publicó un Twitter anunciando su decisión y hasta habló con un amigo horas antes de llevar a cabo su suicidio. El amigo con el que dialogó poco antes de colgarse no consideró que fuera a hacer una tontería y por esa razón no corrió a ayudarlo, porque encontró bastantes normales sus palabras. Quienes leyeron su Twitter y su extensa explicación anunciando de modo muy lógico sus argumentos para quitarse la vida tampoco consideraron que estuviera hablando en serio.

Porque así ocurre con los suicidas atacados por esa grave enfermedad, a veces tan invisible para todos que no la pueden percibir. A mí me sucedió con un amigo muy querido, horas antes de tomar la decisión de darse un balazo estuvo en mi casa mostrándome el avance de un libro. Lo vi tan normal y tenía yo tantas cosas qué hacer en ese momento que lo corté lo más pronto que pude. Cinco o seis horas después se quitó la vida dejando el consabido mensaje de “no se culpe a nadie de mi muerte”. Estaba siendo tratado de depresión en el Hospital Nacional de Psiquiatría.

Quizá nadie como el norteamericano William Styron, uno de los escritores más importantes del siglo XX, ha explicado de mejor modo qué es la depresión. En el verano de 1985 este mal del alma lo asaltó repentinamente con persistentes insomnios y una inquietante sensación de malestar como primeros signos de lo que más tarde se convertiría en una depresión tan profunda que lo llevó al borde del suicido.

Afortunadamente Styron fue tratado con la terapia y medicación adecuadas y pudo salir de ese profundo agujero. Años después publicaría un pequeño volumen en el que narra lo que fue su drama: “ESA VISIBLE OSCURIDAD. MEMORIA DE LA LOCURA.” (Editorial Grijalbo).

La enorme capacidad de verbalización de este escritor le permitió ofrecernos una descripción exacta y precisa de los mares más profundos de este enorme misterio que ha llevado a la muerte a millones de personas en el mundo.

Styron no supo nunca la causa de su mal, acababa de recibir la noticia de un importante premio cuando de pronto lo asaltó una tristeza que el califica se malsana, tristeza que pronto se convirtió en un sentimiento de impotencia y desamparo que afectó negativamente su ego y autoestima y le despertó un sentimiento de odio por sí mismo. Al principio de su enfermedad fue tratado con somníferos y antidepresivos, pero de nada le sirvieron, porque su deterioro mental fue aumentando progresivamente. El fuerte malestar que sentía y la desazón empeoraron poco a poco y, tras un periodo de terrores y enajenación, entró en un estado de penosísima semiparálisis, confusión, ofuscación, fallas de la memoria y muchos síntomas más hasta llegar a la inanidad total y el deseo de morir para calmar su dolor.

Sin duda, Armando Vega Gil, bajista, compositor y escritor mexicano; y fundador de Botellita de Jerez, una de las bandas más influyentes del rock mexicano, transitó por esta dura prueba cuyo detonante lo llevó a quitarse la vida.

“Ya me hicieron polvo”, escribió en su último mensaje al mundo, que revela no una realidad real, sino creada por su terrible malestar; una falsa verdad derivada de una mala percepción y de creencias erróneas que por su falta de lucidez en ese momento lo hicieron sobredimensionar los hechos y posibles consecuencias y vino el desenlace fatal.

“Lo afirmo categóricamente – escribió antes de morir – la acusación es falsa” (…)

“La denuncia que se hace en #MeTooMusicosMexicanos es anónima y quien la lanza a las redes está en su derecho de hacerlo así, pero pone en entredicho toda mi carrera” (…) “Ya me hicieron polvo”, dijo.

Nadie comprendió su malestar y nadie lo pudo ayudar. Ojalá ahora sí haya quién busque hacer justicia contra quienes apretaron el gatillo que lo llevó a elegir la muerte.

Tuve la suerte de entrevistarlo y platicar con él en Imagen Radio a propósito de un nuevo libro que publicó y me pareció un tipo muy inteligente, detrás de un trato amable, amistoso y de constantes sonrisas. Jamás hubiera pensado entonces que se suicidaría, pero la vida es así, la vida te da sorpresas. Descanse en paz.

Jose Luis Morales Baltazar Director de @nuevoslibros

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