Los volcanes, una de las más poderosas fuerzas de la naturaleza, siempre han inspirado espanto y terror. Cuando uno entra en erupción puede producir olas de lava que se deslizan por sus laderas, destruyéndolo todo a su paso o estallar con una explosión atronadora, lanzando a grandes alturas nubes de gases, cenizas y fragmentos de roca. Cualquiera que sea la forma de erupción, esta pirotecnia natural altera para siempre el entorno.

En términos estrictos, un volcán es una abertura en la corteza terrestre a través de la cual escapa del interior de la tierra el magma o roca fundida, aunque la palabra también se aplica a la montaña de desechos que se acumulan alrededor de la abertura; este proceso continúa durante miles de años, por lo que el volcán puede alcanzar un tamaño enorme. El Kilimanjaro, la montaña más alta de África, es un volcán que se alza a unos 5300 metros sobre las llanuras circundantes.

¿Pero qué es lo que provoca la erupción de un volcán? La respuesta se sintetiza en una simple palabra de tres letras: gas. El conjunto de gases atrapados en el magma, el cual por lo general consta de una combinación de vapor de agua, dióxido de carbono, dióxido de azufre, sulfuro de hidrógeno, cloruro de hidrógeno y otros ácidos muy fuertes, son los que provocan una erupción.

El magma sumergido en la profundidad del manto se encuentra bajo una enorme presión y por este motivo, los gases permanecen disueltos en el líquido al igual que las burbujas en una botella de gaseosa. El magma fundido es menos denso que la roca sólida y se eleva a través de las grietas hacia el manto superior, el cual es muy rígido. Una vez allí funde áreas débiles de la litósfera, con lo que crea una cámara que permite que se eleven más cantidades de magma.

El calor y la presión que se generan son intensos y el magma no puede detener su movimiento. Es como si agitáramos una botella de refresco a temperatura ambiente, de la cual saldrán repentinamente algunas burbujas del líquido que se encuentra dentro de la botella. De forma similar, el magma se torna más espumoso a medida que pierde presión y las partes burbujeantes quedan suspendidas en la parte superior de la cámara.

Cuando el magma brota en la superficie se le conoce con el nombre de lava, el material más común en las erupciones volcánicas. Algunas que fluyen a 1100°C o más son muy fluidas, por lo que pueden recorrer muchos kilómetros antes de enfriarse lo suficiente para solidificarse. Otras, compuestas de distintos minerales y a menor temperatura, se extienden mucho menos y se solidifican con más rapidez por lo que a veces se endurecen en la propia boca del volcán y forman un tapón que pone fin a la erupción.

Sin embargo, en el curso del tiempo, los gases del magma alcanzan suficiente presión para reventar el tapón, produciendo una explosión que lanza hacia el cielo multitud de fragmentos sólidos y llega a arrancar bloques de roca de las paredes del cráter que ruedan por las laderas. Las masas de lava lanzadas a las alturas pueden endurecerse en el trayecto y caer como bombas volcánicas redondeadas o ahusadas o también suelen caer en los alrededores fragmentos de rocas, ceniza y guijarros llamados “lapilli”, que significa “piedrecillas” en italiano. Es cuando tremendas cantidades de polvo y de fina ceniza volcánica ennegrecen frecuentemente las nubes de vapor y de otros gases que surgen durante una explosión.

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