No fui amigo de Armando Ramírez, pero compartíamos muchas amistades e intereses mutuos. Igual que él, soy gente que se formó en el barrio.

Él en Tepito, donde incluso nació; yo en la Colonia Pensil, barrio bravo como el Tepis del autor de Chin Chin el Teporocho. Hoy lo acompañé en el homenaje póstumo que se le rindió en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, donde pude saludar a varios amigos, escritores y periodistas, todos ellos enfundados en rigurosa vestimenta de color negro y con cara de afligidos. Se notaba la ausencia de Armando, esa alegría que irradiaba por todos los poros, su don de gentes y su muy peculiar y dicharachera forma de hablar.

Muy temprano saltó a la fama con una novelita corta: Chin chin, El Teporocho, donde narra las andanzas de un borrachín de poca monta, que le sirvió para recrear el ambiente de Tepito y recuperar su lenguaje de barrio.

Fue un libro muy leído en tu tiempo, pero menospreciado por la “crítica especializada” por considerarlo bastante burdo y de pésima calidad literaria.

No obstante, vendió miles de ejemplares y se sigue vendiendo casi igual que otros de escritores consagrados.

Armando Ramírez recorrió a pata de perro muchos de los barrios, calles, mercados y colonias de la Ciudad de México, documentando sus grandes atractivos secretos; los cientos de crónicas que realizó para revistas, periódicos, radio y televisión son con un clavado al México urbano profundo en el que millones de personas estudian, trabajan, viven y mueren día con día, al margen de la gran Metrópoli en que se ha convertido esta ciudad inhabitable ya para muchos; esa que supuestamente inició Porfirio Díaz y que el neoliberalismo ha tratado de imponernos, con sus obras excesivas, sin lograrlo hasta ahora.

Para Armando, el barrio era el mejor espacio de identidad del verdadero pueblo mexicano, el cual nace, crece, se reproduce y se amontona en las colonias o delegaciones más populares, y no en Tecamachalco, Polanco, Pedregal de San Ángel, Chapultepec, etcétera, donde sus habitantes suelen encerrarse en sus casas o departamentos, y no saber ni interesarle quién vive a su lado, a diferencia del barrio, donde todo mundo se conoce por nombre y apellido, se cuidan unos a otros, y uno sabe quién es quién calle por calle, casa por casa.

Las políticas impuestas por los gobiernos neoliberales acabaron casi con la vida de los barrios, al partir muchos en dos con tanto eje vial, metro, metrobús, combos, taxis, etcétera, así como con tantos edificios de departamentos que sólo puede comprar gente adinerada que jamás se identificará con habíamos y costumbres de la gente de barriada.

Parte de la violencia en que vivimos se debe sin duda a esta mala planeación de la Ciudad de México, donde faltan árboles, jardines y parques públicos, deportivos populares, espacios de encuentro y reunión de niños, jóvenes y adultos que convivan como como antes en el barrio, sin necesidad de refugiarse en los teléfonos celulares y las horrendas películas que de Netflix.

Lamento mucho la muerte de este excelente cronista, y sólo me queda invitar a ustedes a leer sus libros, uno de los últimos de fantasmas y aparecidos en la Ciudad de México que Armando Ramírez documentó con singular inteligencia y gracia.

Descansen en paz el autor de Chin chin, el Teporocho.

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