Un día en el panteón; silencio y abandono. Por Asunción Miranda

Un día en el panteón; silencio y abandono. Por Asunción Miranda

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Hace unos días tuve la oportunidad de acudir a un cementerio, y no para quedarme, no, tenía un asunto administrativo que solucionar y ni hablar, tuve que ir.

A pesar de ser una hora temprana, el sol estaba a todo lo que daba, candente, agobiante… al llegar a la entrada de ese “campo santo”, quedé de pie unos minutos a la entrada del enorme portón que da paso al último recorrido de todo ser humano y miré el largo camino flanqueado por cientos de tumbas.

Sentí curiosidad y antes de pasar a las oficinas de ese panteón me dije: “hacía tantos años que venía aquí… no estaría de más caminar por ese lugar que es la meta de todo ser humano, la última morada..” Así que me animé y comencé a recorrer el camino pavimentado.

Cuántas tumbas tendrá este panteón, me pregunté, ¿cientos? No, más bien miles (dicen que son más de 80 mil), porque hay tres secciones, la primera, con criptas y mausoleos, unas de mármol, otras de un material llamado granito, otras más de cemento, y otras sólo tenían una lápida con floreros.

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Muchas de estas criptas tienen imágenes religiosas, otras aún tenían adornos del “Día de Muertos”, varias más globos y “recuerdos” que dejan quienes van a visitar a sus difuntos.

La segunda sección se distingue porque las construcciones en cada tumba son más sencillas, minicapillas, lápidas de concreto; otras están enmarcadas con barandales de fierro, o ladrillo rojo, flores frescas en algunas.

Continúo mi andar por la larga avenida de ese panteón y veo a lo lejos a un señor de edad avanzada que limpia una tumba, llevando agua para lavar la lápida que la cubre; sus movimientos son ágiles a pesar de sus años. Cambia las flores secas por unas recién compradas, quita la hierba seca y cuando termina se sienta en la tumba contraria, cierra los ojos, junta sus manos y reza durante varios minutos para después despedirse e irse en su bicicleta.

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Así llego a la tercera sección del panteón y la vista es triste, hay tumbas vacías, tumbas que hace mucho tiempo se ve que están abandonadas, el camino que divide cada fila de sepulcros es muy estrecho, apenas de puede caminar, sólo se escucha el trinar de las aves, el caer constante del agua en una de las tantas piletas que hay en los panteones para quien necesite limpiar el lugar donde yace su difunto.

Quienes trabajan en ese lugar, van de un lado a otro del panteón en sus triciclos y se acercan a los visitantes para ofrecer sus servicios: buscar tumbas o limpiarlas, o pintar las cruces, etcétera.

Otros más, los barrenderos intentan mantener limpio el lugar recolectando ramas, flores y pasto secos o basura que deja por ahí algún distraído.

Debo decir que el silencio en ese panteón es muy peculiar, no se escucha el ruido de los vehículos que circulan por las avenidas que lo flanquean, aunque sí los pasos de la gente, o las voces de los visitantes.

Después de mi fugaz recorrido, regresé por el mismo camino con esa extraña sensación de un temor desconocido, ese silencio que es diferente a otros, como el de un templo o un hospital… un silencio que no se puede describir y que sin embargo algún día, formaremos parte de esa quietud.

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