Olegaroy. El insomnio es peor que una pesadilla

Olegaroy. El insomnio es peor que una pesadilla

0

Olegaroy navega por las turbulentas aguas del pensamiento científico y filosófico del último medio siglo. Los personajes de esta novela tienen la engañosa apariencia de ingenuos inadaptados, y la narrativa, la fineza necesaria para hacer pasar al lector de la angustia a una risa tímida y a una carcajada. Y eso a pesar de, o precisamente porque se pone densa: como el lector verá, las reflexiones de Olegaroy hacen tambalear varias teorías científicas y filosóficas de gran envergadura.

Hasta los cincuenta años, Olegaroy era un ser gris que vivía al amparo de su madre. Para su fortuna o desgracia, su vecino murió de una apoplejía, y como el insomnio consumía las horas de la noche de Olegaroy, no le fue difícil robar cada madrugada el periódico de ese vecino muerto. Al leerlo descubrió varias noticias internacionales que no le interesaron y otra mucho más relevante: Antonia Crespo había muerto en su cama, víctima de 52 puñaladas; la noticia lo trastornó, sobre todo porque tal saña sólo podía provenir de un crimen pasional. El insomnio y su obsesión lo llevan a dar paseos nocturnos en la plaza, donde se encuentra con Salomé, una prostituta, y con el matemático, de los que se hace amigo. El asesinato de Antonia lo lleva al escenario del crimen: la casa de la víctima. Salió de ahí con el colchón de la muerta a cuestas.
También fue, junto con su madre, al velorio de la difunta. Los canapés eran excelentes, de ahí que la madre empezara a frecuentar las agencias funerarias para abastecerse de bocadillos.

Olegaroy hace las preguntas más ingenuas, pero sus repercusiones son universales. Incluso se funda un culto olegaroiano, al que se adscribe el padre Fabián, quien accede a casarlo con Salomé en dos ocasiones porque el hombre que se casó la primera vez no es el mismo tras el paso del tiempo. Para demostrarle al padre que lo más importante es la muerte y no la vida, decide robar el cadáver de Antonia. A estas alturas, todos creen que el asesino es el mismo que robó el colchón, todos salvo… (ya lo descubrirá el lector, como también descubrirá qué tan consciente es Olegaroy de la repercusión de su pensamiento en casi todas las disciplinas conocidas, tanto en conceptos como la muerte de Dios de Nietzsche o el Dasein heideggeriano hasta asuntos relacionados con el Teorema de Fermat o la expansión del universo). (Y el lector también sabrá si esta obra es un thriller, una novela policiaca, una sátira… o si, como les corresponde, las palabras han tomado una vez más el lugar de la realidad.)

FRAGMENTOS
La madre de Olegaroy se incorporó. Había encontrado apolillado su vestido negro. Por eso traía puesto uno azul marino. El cinto, el bolso y los zapatos sí eran negros. Le dio el pésame a la madre de la muerta. Ella le agradeció, pero no se abrazaron.
     —Ya —dijo cuando regresó a su silla.
     Estuvieron sin hablar cosa de una hora. Olegaroy miró a esa gente convocada por una noticia de la página siete. De seguro en toda la ciudad se había comentado el asunto y se especulaba sobre la identidad del asesino. En cambio en ninguna casa, en ninguna plaza o cantina se habrían puesto a discutir sobre Mindszenty o la rebelión de los karenses en Burma.
     —Pregúntale qué va a hacer con el colchón.
     —¿Cuál colchón?
     —Ve y pregúntale.
     La señora fue. Esperó a que dos personas terminaran unas largas condolencias. Entonces le preguntó. Olegaroy quiso leer los labios pero le fue imposible. La madre de la muerta tenía un velo que a ratos le cubría el rostro.
     A Olegaroy le interesaban los colchones. Varias veces había pensado en cambiar el suyo. Se preguntaba si ese bártulo era el responsable de sus malas noches. Pensaba canjearlo a escondidas por el de su madre. A ver si ahora ella se la pasaba sin cerrar el párpado.
     —Me dijo que era una insolente.
     Olegaroy comprendió que había hecho la pregunta equivocada. Quería saber si el colchón era de resortes o de borra. El primero dejaría gotear la sangre hasta el suelo. El otro la retendría. Pensó en el colchón de varias maneras. Matrimonial, individual. Firme, blando. A veces Antonia Crespo yacía sobre él, profundamente dormida. La superficie mullida se amoldaba a su cuerpo. Acabó idealizándolo. Se dijo que debió haber conocido a Antonia Crespo en vida. La debió enamorar para dormir con ella; y la palabra «dormir» tenía apenas su significado primordial. Ella estaba perdida para la eternidad. El colchón quizás no.

Serían las tres de la madrugada cuando Olegaroy regresó a la plaza. Le dijo a la mujer que no tenía dinero. Le explicó que no quería deshacerse de ella, sino que en verdad no tenía ni un peso.
     Aunque el estreno de Olegaroy en la filosofía fue sobrio, esta última frase ha dado pie a encendidos debates. Algunos eticistas afirman que los filósofos buscan la verdad, por lo tanto Olegaroy no quería deshacerse de la mujer y no tenía dinero. Ciertos moralistas suponen que el hombre está obligado a rechazar a una mujer de ésas, por lo que una mentira es aceptable con tal de evitar un mal mayor. Para los logicistas el asunto es otro: Si Olegaroy no quería deshacerse de la mujer, entonces no tenía dinero; pero en caso contrario es imposible saber si tenía dinero o no. Wittgenstein prefirió callar, pero Bertrand Russell, con su afición por las minucias, acabó por complicar el asunto al agregar dos escenarios más: que Olegaroy sí tuviese dinero, mas no el suficiente; o bien, que Olegaroy fuese un tacaño con dinero en busca de deleites gratuitos. Si desde la antigüedad se consideró que la verdad era la correspondencia entre un enunciado y el mundo, Olegaroy puso en claro que a veces desconocemos la naturaleza misma del enunciado. A partir de ese encuentro casual entre un insomne y una dama nocturna, Douglas Pernfors, de la Universidad de Oxford, ha dedicado su cátedra de verano a presentar su crítica de las conclusiones a priori y las premisas ad hoc.

Cuando Olegaroy comparó el colchón de Antonia Crespo con arte moderno, lo hizo en calidad de experto. No es que hubiese entrado en una galería o visto a algún célebre pintor salpicando un lienzo o le diese por hojear álbumes de grandes maestros, pero la gente vive mencionando que las cosas ya no son como antes y entre esas cosas debía de estar el arte o a lo mejor los artistas. Por lo demás, todo el mundo ha de tener una opinión sobre el arte sin necesidad de una educación humanista o contacto intelectual con lo bello.
Olegaroy poseía sensibilidad artística. Por eso cuando llevó el colchón a su dormitorio lo dispuso con una mezcla de simetría y dejadez que le dio un toque de profunda humanidad. Aunque en el mundo de la pintura fuesen muy conocidas las camas de Van Gogh, Turner y Delacroix, entre otros, como pionero del arte de instalación Olegaroy dio a su cama un aliento inédito. Distintos creadores intentarían emularla de acuerdo con los rumores que sobre ella llegaron a las capitales del mundo. Sin embargo, aun los más aplaudidos por su irreverencia apenas elaboraron versiones vulgares y timoratas del lecho de Olegaroy. Ninguno se atrevió a montar un colchón sobre un tambor de menor tamaño, ninguno lo hizo con sangre de una víctima de asesinato, ninguno le puso sábanas de dimensiones inferiores y con rasgaduras al nivel de los talones. Aquellas camas no mostraron sino un trillado despertar; la de Olegaroy sugería el colapso del espíritu humano.
     Olegaroy respetaba el arte; por eso nunca se habría atrevido a mostrar su cama a los críticos ni mucho menos al público en general. A la vez era un visionario. Seguramente captaba que en un futuro su obra podría convertirse en pieza de museo en Nueva York o ganadora de un premio de arte contemporáneo que se otorgara en Londres. Lo que no adivinaba era si el aplauso vendría por el enigmático mérito artístico de su pieza tituladaLecho de insomnio # 2 o porque el gusto en las artes se había desbarrancado.

David Toscana. Nació en Monterrey, Mexico. Ha publicado Estación Tula,LontananzaDuelo por Miguel PrunedaSanta María del CircoLos puentes de Königsberg(Alfaguara, 2009), El último lector (Alfaguara, 2010), La ciudad que el diablo se llevó(Alfaguara, 2012), El ejército iluminado (Alfaguara, 2013) y Evangelia (Alfaguara 2016). Formó parte del International Writers Program de la Universidad de Iowa y del Berliner Künstlerprogramm. Ha sido ganador de los premios José María Arguedas, Antonin Artaud, Colima y José Fuentes Mares. Su obra se ha publicado en quince idiomas.

Acerca del autor

Redacción

Somos un grupo de profesionales de la información y comunicación radiofónica y televisiva y ésta es nuestra ventana para expresar con libertad y responsabilidad puntos de vista sobre el acontecer nacional.

Su dirección de correo no será publicada, revise los campos marcados*