Yo, Díaz. Un resentimiento vivo llamado Don Porfirio

Yo, Díaz. Un resentimiento vivo llamado Don Porfirio

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Ésta es la historia de un resentimiento vivo llamado Don Porfirio; héroe para algunos, villano para otros. Sin duda, el hombre más controversial que haya gobernado México.
En su lecho de muerte en París, durante su exilio, el expresidente Porfirio Díaz narra, en propia voz y de forma íntima, su vida personal y política, de sus amigos y familiares más cercanos, y de políticos y militares que definieron su época.
Díaz entrelaza su biografía con los eventos más significativos que vivió el país durante el siglo XIX: la Guerra de Reforma, la Segunda Intervención Francesa, y el gobierno de Benito Juárez. Cuenta cómo sucedió el famoso incidente de “Mátalos en caliente”, las huelgas de Río Blanco y Cananea, las fiestas del centenario de la Independencia y el inicio de la Revolución Mexicana. A su vez, voces de otros personajes llegan a juzgar al viejo militar por sus aciertos y sus errores, dando perspectivas distintas de su legado.
Yo, Díaz es otra forma de adentrarse en la historia de México y en la vida de los hombres que forjaron el país. Es una novela sobre un hombre ordinario con un destino extraordinario.
FRAGMENTOS 

“—Vengo de parte del obispo Covarrubias, que quiere saber si usted le da alguna garantía ahora que regresó a Oaxaca. Anda rete asustado y no sabe si quedarse aquí en la capital o jalarle pa’l norte.
            —Ah, y el obispo Covarrubias es de los que anduvieron apoyando a los enemigos de la república, ¿no es cierto? Bueno, pues dígale de mi parte que no le caerían mal unas vacaciones ahí donde quiere esconderse, porque si lo veo lo voy a llevar personalmente al paredón. ¿Me oyó?”
 
“Ya en la Ciudad de México fui hasta Palacio Nacional, donde Sebastián Lerdo de Tejada me hizo esperar largamente antes de recibirme.
            […]
            —No escarmienta, ¿eh, Díaz? Usted ya no puede hacer nada, es un cero a la izquierda. Mientras su imagen permanezca derrotada ante el pueblo, usted no será capaz de levantar un ejército, mucho menos una revolución, y yo podré gobernar este país como debe ser. Se lo advierto: no soy Juárez, no siento la simpatía que él tenía por usted; si se atreve a desafiarme, no me tentaré el corazón para fusilarlo. Este país ya es mío, pero puedo compartirlo con usted si se comporta como algo más que un mestizo de Oaxaca. Lo dejaré que haga los negocios que quiera siempre y cuando no se meta en política o milicia. ¿Estamos de acuerdo?
       —Pues ya qué me queda. —respondí.”       
 
“—Ésta es mi hija menor, general —dijo Agustina—, María del Carmen.
            Me adelanté, embelesado.
            —Mucho gusto, Carmelita.
            Y tú compartiste mi sonrisa.
            ¿Recuerdas aquel momento? ¿Qué pensarías de este viejo militar con canas en el bigote y la corbata chueca? Desde luego me pareció un momento sencillo. Yo pensé que quería conocer más de esa joven a la que había visto tan brevemente. Esa noche ya no volví a soñar con la ciudad desierta, sino con la música de las estrellas. A la mañana siguiente resolví que me acercaría a ti por cualquier método que fuera posible.”
 
“¿Qué se supone que tenía que hacer? ¿Conciliar con criminales? A los que son ladinos hay que tratarlos igual. Sin pensarlo dos veces mandé a la tropa y a los rurales a instaurar el orden. La única forma de volver al orden público era a través de la pólvora. Al igual que en Cananea, hubo confusión; la gente corrió y murieron más de quinientos empleados. Encarcelaron a más de doscientos operarios y a 12 mujeres.
            Yo vi las fotografías, a mí nadie me lo contó: los cuerpos tirados, el pavimento manchado de sangre negra, las mujeres llorando sobre los cuerpos de sus hijos y sus esposos, la destrucción que quedó, el humo de los incendios extintos, la tienda de raya hecha pedazos… Hubo que terminar la destrucción con otra destrucción. No había otra forma de actuar. Había que derramar la sangre mala para salvar la buena.”
 
“Me apena el destino de los mexicanos, por cuanto esperan la llegada de algún héroe que les provea un bienestar utópico y siempre son capaces de hallar un villano a quien culpar de todas sus desgracias. Es un pueblo que se nutre con las historias que mama, con las fábulas de mesías y héroes, y ahora la muerte de Francisco I. Madero será una de ellas. Es inevitable.
            Ésa es la verdadera maldición de México, no saber cómo cerrar sus heridas históricas pero tampoco aprender a vivir con el dolor de un pasado en carne viva. ¿Así cómo puede mirar al futuro? Es como el niño que apenas se raspa la rodilla y se tira al piso a hacer una pataleta, sólo que ésta ha durado casi un siglo.”
Pedro J. Fernández (1986) es egresado de la Universidad Iberoamericana. Estudió ingeniería en computación y electrónica, y en julio de 2010 abrió en Twitter la cuenta de @DonPorfirioDiaz, enfocada en la divulgación histórica y cultural de México a través de una sátira peculiar. Con más de 180 mil seguidores y menciones constantes en medios de alto impacto, la parodia del dictador se ha convertido en una figura imprescindible de las redes sociales en México. En junio de 2011 participó como dialoguista de El sexo débil, serie producida por Argos Comunicación y premiada por el Festival y Mercado de TV-Ficción Internacional. Sus textos sobre historia de México han sido publicados por el periódico El Norte, las revistas SOHO, Mexican Times Apolorama. Ha publicado Los pecados de la familia Montejo y La última sombra del Imperio.
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