El recuerdo sigue vivo: por Asunción Miranda

El recuerdo sigue vivo: por Asunción Miranda

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Una vez más el pasado 7 de septiembre, la naturaleza nos volvió a recordar la fragilidad del ser humano.

Imponentes construcciones, grandes maquinarias, enormes rascacielos, sofisticados armamentos, aviones supersónicos, pero como seres humanos somos como papel de arroz, nos rompemos fácilmente si alguien nos toma con brusquedad.

Eso es lo que vimos y sentimos en este último temblor que registró una magnitud de 8.2 grados Richter, y nuestros recuerdos despertaron para trasladarnos a los sismos de 1985; pasaron como película por nuestra mente los sucesos en esa fecha.

Derrumbes, choques, edificios derribados, cadáveres rescatados de los escombros, fugas de agua y gas, falta de electricidad, teléfonos públicos inservibles. Era otro México, otras circunstancias, éramos otros, pero el miedo y la angustia no cambian con el paso del tiempo.

Faltaban pocos minutos para la media noche del jueves 7 de septiembre, había silencio en todo el vecindario, muchos ya dormían y otros nos preparábamos para hacer lo mismo. Sin embargo, empezó ese movimiento suave, que pudimos confundir con un mareo tal vez por el cansancio de la rutina del día.

El movimiento siguió en aumento y entonces comprendí que era un temblor de tierra, quise levantarme de mi cama pero la angustia me paralizó, sólo cerré los ojos y comencé a hablar para mí, “tranquila es un temblor, va a pasar rápido, camina lento, no te angusties..”.

El tiempo se hizo eterno, escuché el ladrido de los perros, y lejos, gritos de niños. se fue la luz “¡Dios mío, no por favor, ahora no!”. Me asomé por la ventana y vi a gente reunida en la calle a medio vestir.

Escuché el tronido de los muros y el temblor no terminaba. Cuánto tiempo pasó, no lo sé, para mi fue eterno, tal vez cinco minutos o diez minutos. No, por supuesto que no, el sismo duró “solo” 2 minutos y medio.

La energía eléctrica se restableció y contra mi costumbre, tomé mi celular con la rapidez que mi nerviosismo me permitía… qué angustia aún no se restablece el internet, “¡qué hago!” -me dije- prendí el televisor pero aún no decían nada, los escasos noticiarios habían terminado.

 

Por fin llega el internet y comencé a mandar mensajes para saber si estaban bien mis familiares, mi hijo… benditas redes sociales, hubo respuesta inmediata, “estoy bien… estamos bien”. Sólo quería escuchar eso.

Las barras noticiosas se reanudaron y pude enterarme de lo ocurrido, el epicentro fue en Pijijiapan, Chiapas, el coletazo del temblor lo recibió Oaxaca y vi las primeras imágenes, vi la magnitud de temblor, 8.4 grados en la CDMX y 8,7 en Chiapas, fueron los primeros informes. Después los resultados oficiales. 8.2 grados Richter oscilatorio.

Es así que mis recuerdos de los sismos de 1985 surgieron, y la angustia también, el trauma de lo vivido. Somos frágiles y no debemos olvidarlo. En lo que a mi respecta, el recuero sigue vivo.

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Redacción

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