Circulan tantas falsedades acerca de las dietas, que lo mejor es cuestionarlas

Circulan tantas falsedades acerca de las dietas, que lo mejor es cuestionarlas

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¿Cuántos mitos conocemos sobre las dietas? Esas creencias sobre lo que engorda y lo que adelgaza son, en su gran mayoría, mentiras producto de la ignorancia. Y no hablamos solo de los productos milagro, las dietas inverosímiles y la dudosa infalibilidad de una alcachofa. También de afirmaciones avaladas por supuestos estudios científicos, arropadas por nuestros médicos y entidades sanitarias.

Son grandes corrientes de pensamiento que nos han hecho asumir la bondad o la maldad de algunos alimentos y la conveniencia de seguir según qué regímenes sin pararnos a pensar que, muchas veces, detrás de esas investigaciones había numerosos intereses, tanto de la industria alimentaria –deseosa de justificarse– como de quienes han encontrado un filón en hacernos engordar para, después, hacernos adelgazar.

  • Parecía imposible, pero el viejo mito de que las grasas son las principales responsables de la epidemia de sobrepeso ha comenzado a desmoronarse. Durante décadas, se ha culpado a este nutriente de ser el que más calorías aporta a la dieta.

Con los años, se han ido acumulado muchos más datos sobre los efectos de distintos tipos de dietas “y vemos que las bajas en grasas son una mala opción para perder peso. Cuando se comparan dietas equivalentes en kilocalorías, pero con distintos macronutrientes, las que obtienen peores resultados son las bajas en grasa, frente a las bajas en hidratos de carbono o la mediterránea”, señala Sánchez.

Esto no quiere decir que se abra la barra libre para las grasas. Se trata de que sean de buena calidad: aguacates, frutos secos, pescado azul, aceite de oliva virgen extra, pescado… Y de desterrar aquellas que nos dan mucha energía, pero pocos nutrientes de interés fisiológico: dulces, bollería, productos procesados…

  • Tras años oyendo que lo mejor para adelgazar era no cenar, ahora se nos dice que no cenar engorda. “En sí, no es ni malo ni bueno”, nos dice Silvia Zuluaga, médico especialista en nutrición.

Si no tenemos problemas de sobrepeso y un día hacemos una comida más copiosa de lo habitual, no pasa nada, porque a la noche cenemos una fruta, un vaso de leche o nada. La cosa cambia cuando se trata de una persona que quiere adelgazar e intenta compensar los excesos de esa manera. Entonces, “sale el tiro por la culata: ni la fruta, ni el yogur, ni el jamón de York ni irse sin cenar a la cama van a lograr que desaparezca lo que ha entrado. El efecto que una cena ligera o inexistente tiene en una persona que está a régimen es… anticulpa. Le da la sensación de que ya ha expiado su falta”. El problema es que nuestro organismo no funciona a base de castigos.

  • La guerra contra la grasa propició el boom de los productos light y desnatados. “Hoy por hoy, sabemos que los etiquetados como bajos en grasa, así como los light, predisponen a comer más durante el día”, advierte Aitor Sánchez.

Según Silvia Zuluaga, “desde el punto de vista nutricional, estos productos pueden incluso ser peores: si a un producto alimenticio se le quita o reduce un ingrediente, habrá que sustituirlo por otro. Lo malo es que el sustituto no es necesariamente mejor que el original”. Fijémonos bien en la etiqueta: muchos de los procesados que han reducido su grasa natural la han sustituido por azúcar para ganar en sabor. Jugada redonda para las azucareras.

  • Las calorías cuentan, pero no tiene demasiado sentido contarlas. Este juego de palabras refleja la idea de que, si bien es cierto que las que ingerimos juegan un papel en nuestra masa corporal, el mero hecho de calcularlas no nos servirá para perder peso. Tal y como explica la especialista en nutrición Silvia Zuluaga, “podemos pasarnos todo el día sumándolas, restándolas, intercambiándolas… Sobre el papel, las matemáticas cuadran. Pero en el organismo es otra historia”.

Esto sucede “porque el aprovechamiento que el cuerpo hace de las comidas depende más de la composición del alimento en sí: del aporte de hidratos de carbono, de proteínas, de grasas, de vitaminas, de minerales, de fibra”. Aunque comiéramos la misma cantidad de calorías de galletas que de frutos secos, el efecto sería distinto. “Las calorías reales que aprovecha el organismo no se pueden contabilizar”, apunta.

  • Es cierto que la ingesta de carbohidratos refinados provoca un aumento de la insulina. Esta hormona los transforma en energía, en forma de azúcar, y a su vez se almacena el sobrante en forma de grasa, sobre todo, alrededor del abdomen. Así pues, está bien bajar la ingesta de hidratos de carbono, pero no debemos hacerlo a costa de frutas, verduras o legumbres, que son muy saludables y nutritivas.

Pensemos en alimentos que nos convienen o no, en vez de echar la culpa de los kilos a los hidratos de carbono.

Fuente: Revista Muy Interesante

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