Mejorar nuestros hábitos de alimentación, no es tan complicado

Mejorar nuestros hábitos de alimentación, no es tan complicado

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“Cuando la gente piensa en mejorar sus hábitos de alimentación supone que se trata de hacer grandes cambios: todo o nada. Sin embargo, a lo único que lleva creer eso es al agobio y la frustración”, señala Libby Mills, nutrióloga y portavoz de la Academia de Nutrición y Dietética de Estados Unidos.

Lo aconsejable es hacer un cambio pequeño cada día; por ejemplo, sírvete una porción extra de verduras o no comas postre. Esto es más sencillo y, a la larga, proporciona grandes beneficios.

Empieza el día con un vaso de agua. Trata de beber un vaso de agua en la mañana, justo al despertar, antes de que vayas a la cocina y el aroma de la cafetera estimule tus sentidos. “Esa dosis de líquido activará tu metabolismo y tus órganos digestivos”, explica Mills. En la noche, antes de acostarte, deja un vaso de agua junto a tu cama o sobre el buró, tapado; al día siguiente, bebe todo el líquido antes de levantarte.

Elige tus refrigerios con cuidado. No tiene nada de malo comer bocadillos y tentempiés, siempre y cuando sean alimentos nutritivos que no añadan cientos de calorías adicionales a tu cuenta diaria. Si un rato después del almuerzo te empieza a dar hambre, no recurras a las frituras ni a los chocolates. Un puñado de nueces te sentará mejor. Te saciarán gracias a su contenido de fibra y proteínas, y en cuanto a su aporte de grasa, no te preocupes.

Oye, ¡no te saltes el desayuno! Aunque no tengas apetito en la mañana, haz el esfuerzo de desayunar y no empezar el día con el estómago vacío. Romper el ayuno repercute favorablemente en tus hábitos alimentarios a lo largo del día.

Desayuna algo que contenga muchas proteínas y fibra, y muy poca azúcar. Prueba alguna de estas opciones saludables para mantener el hambre a raya hasta la hora del almuerzo: omelette de verduras, pan integral tostado con crema de cacahuate (maní), yogur parcialmente descremado con cereal enriquecido, o un sándwich de atún o de queso bajo en grasa.

No te prives de alimento. Es cierto que comer demasiado es dañino para la salud, pero comer muy poco también es peligroso. Cuando no te alimentas bien, tu metabolismo se hace lento y el organismo empieza a consumir los músculos y a retener grasa, lo que puede hacer que engordes.

Haz sustituciones saludables. Cambiar las cremas untables y los aderezos altos en calorías por opciones más ligeras y saludables no implica por fuerza renunciar al sabor. En vez de ponerle mantequilla a una rebanada de pan tostado o mayonesa a un sándwich, unta un poco de puré de garbanzo (hummus), que contiene menos grasa, más proteínas y mucho sabor.

En vez de acompañar tu yogur con granola, que suele ser alta en grasa, azúcar e incluso sal, agrégale una cucharada de crema de cacahuate, y plátano o manzana rebanados. Estos ingredientes le darán un dulzor natural a tu refrigerio y te aportarán proteínas y vitaminas.

Duerme lo necesario. A veces basta con dormir bien para empezar a mejorar los hábitos alimentarios. Es más probable comer demasiado o elegir opciones poco saludables cuando nos sentimos cansados. La falta de sueño también puede alterar los niveles de las hormonas que regulan el hambre y el metabolismo. Duerme siete u ocho horas todas las noches.

Fuente: Revista Selecciones

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Redacción

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