El oxígeno es un elemento químico de número atómico 8 y representado por el símbolo con la letra O; su nombre proviene de las raíces griegas “oxys”, que significa «ácido punzante”, y “gonos”, que quiere decir “productor”; en la época en que se le dio esta denominación se creía, incorrectamente, que todos los ácidos requerían oxígeno para su composición. Esta sustancia comprende una importante parte de la atmósfera y resulta necesaria para sostener la vida terrestre.

Dado que constituye la mayor parte de la masa del agua, es también el componente mayoritario de la masa de los seres vivos. Muchas de las moléculas más importantes que forman parte de los seres vivos, como proteínas, ácidos nucleicos, carbohidratos y lípidos, contienen oxígeno, así como los principales compuestos inorgánicos que forman los caparazones, dientes y huesos animales.

Su descubrimiento se suscitó cuando Antoine Lavoisier ultimaba un experimento en su laboratorio mientras su mujer y ayudante, Marie Anne, le hacía un rápido apunte. Ella solía acompañarle para tomar notas al dictado durante sus experimentos, pero ocasionalmente le gustaba también dibujar. Era el 5 de junio de 1777; Lavoisier se proponía descubrir de una vez por todas el flogisto, un gas que supuestamente se desprendía de los cuerpos durante su combustión y explicaba los fenómenos caloríficos.

Para poner a prueba esta teoría, pesó una gota de mercurio y la colocó en una vasija de cuello largo y encorvado, la cubrió con una campana de cristal llena de agua y señaló el nivel del aire pegando un papelito en el exterior del cuello de la retorta; después calentó el mercurio hasta que se formó una capa de partículas rojas sobre el mercurio líquido.

Cuando el recipiente se enfrió, comprobó que el volumen del aire había descendido y que la sustancia que quedaba al fondo había adquirido peso, en lugar de volverse más ligera, como habría ocurrido si hubiera liberado el flogisto que contenía. Además, el aire se había vuelto venenoso, ya que mataba a un ratón y apagaba una vela. Lavoisier comprendió que, al calentarse, el mercurio había absorbido alguna sustancia del aire que lo convirtió en un polvo rojo y pesado.

Por ende colocó el polvo rojo en una retorta más pequeña y lo calentó junto con el aire enrarecido obtenido en el experimento anterior. El mercurio volvió a condensarse en un globulillo más ligero que el polvo rojo, mientras el aire aumentaba de volumen y perdía su carácter venenoso; al realizar más experimentos, Lavoisier descubrió que el gas obtenido al quemar el polvo rojo de mercurio tenía propiedades especiales. Sin embargo, en la creencia equivocada de que todos los ácidos contenían ese tipo de gas, lo llamó “oxígeno”, mientras que tras deducir que el polvo era una combinación de mercurio y oxígeno, lo bautizó “óxido de mercurio”.

Lavoisier había demostrado que el aire es una mezcla de al menos dos gases: oxígeno y nitrógeno. A partir de ese descubrimiento, comenzaría a poner los cimientos de la moderna nomenclatura química.

El oxígeno es un elemento químico de número atómico 8 y representado por el símbolo con la letra O; su nombre proviene de las raíces griegas “oxys”, que significa «ácido punzante”, y “gonos”, que quiere decir “productor”; en la época en que se le dio esta denominación se creía, incorrectamente, que todos los ácidos requerían oxígeno para su composición. Esta sustancia comprende una importante parte de la atmósfera y resulta necesaria para sostener la vida terrestre.

Dado que constituye la mayor parte de la masa del agua, es también el componente mayoritario de la masa de los seres vivos. Muchas de las moléculas más importantes que forman parte de los seres vivos, como proteínas, ácidos nucleicos, carbohidratos y lípidos, contienen oxígeno, así como los principales compuestos inorgánicos que forman los caparazones, dientes y huesos animales.

Su descubrimiento se suscitó cuando Antoine Lavoisier ultimaba un experimento en su laboratorio mientras su mujer y ayudante, Marie Anne, le hacía un rápido apunte. Ella solía acompañarle para tomar notas al dictado durante sus experimentos, pero ocasionalmente le gustaba también dibujar. Era el 5 de junio de 1777; Lavoisier se proponía descubrir de una vez por todas el flogisto, un gas que supuestamente se desprendía de los cuerpos durante su combustión y explicaba los fenómenos caloríficos.

Para poner a prueba esta teoría, pesó una gota de mercurio y la colocó en una vasija de cuello largo y encorvado, la cubrió con una campana de cristal llena de agua y señaló el nivel del aire pegando un papelito en el exterior del cuello de la retorta; después calentó el mercurio hasta que se formó una capa de partículas rojas sobre el mercurio líquido.

Cuando el recipiente se enfrió, comprobó que el volumen del aire había descendido y que la sustancia que quedaba al fondo había adquirido peso, en lugar de volverse más ligera, como habría ocurrido si hubiera liberado el flogisto que contenía. Además, el aire se había vuelto venenoso, ya que mataba a un ratón y apagaba una vela. Lavoisier comprendió que, al calentarse, el mercurio había absorbido alguna sustancia del aire que lo convirtió en un polvo rojo y pesado.

Por ende colocó el polvo rojo en una retorta más pequeña y lo calentó junto con el aire enrarecido obtenido en el experimento anterior. El mercurio volvió a condensarse en un globulillo más ligero que el polvo rojo, mientras el aire aumentaba de volumen y perdía su carácter venenoso; al realizar más experimentos, Lavoisier descubrió que el gas obtenido al quemar el polvo rojo de mercurio tenía propiedades especiales. Sin embargo, en la creencia equivocada de que todos los ácidos contenían ese tipo de gas, lo llamó “oxígeno”, mientras que tras deducir que el polvo era una combinación de mercurio y oxígeno, lo bautizó “óxido de mercurio”.

Lavoisier había demostrado que el aire es una mezcla de al menos dos gases: oxígeno y nitrógeno. A partir de ese descubrimiento, comenzaría a poner los cimientos de la moderna nomenclatura química.

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